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Para todos aquellos que les guste escribir todo tipo de historias con todo tipo de contenidos, éste es su lugar: Dark Business.

Así que, si te interesa publicar en el blog tus historias, escríbeme a: KeiraLogan@gmail.com y estaré encantada de incluíros como autores.

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Bienvenidos a Dark Business

Bienvenidos a Dark Business, un blog donde podréis encontrar fanfics variados de autores diferentes.

Espero que os gusten, de verdad...

Es IMPORTANTE leer las presentaciones de los autores para saber, más o menos, su método de trabajo.

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Pausa general

Llevo bastante tiempo pensando, negando lo evidente, pero creo que es una gran estupidez seguir negándolo. Abrí este blog con el fin de pasar el rato, de postear mis fanfics, y después para darle una oportunidad de publicar a otros autores. Pero llevo ya mucho tiempo dejando todo esto de lado, y la mayor parte de los demás autores (por no decir todos) pasan absolutamente de este blog. Así que no me queda más remedio que hacer lo siguiente:

Este blog queda parado. No se volverá a publicar absolutamente nada (al menos mío) en una temporada.

Disculpad las molestias.

Kyara.

P.D: quizás acabe dejando este blog solo para mis publicaciones y para nadie más.

lunes, 21 de mayo de 2012

Dos Espadas - Capítulo 06

Capítulo 06

No podía creer lo que estaba viendo justo delante de sí. Tampoco podía dejar de preguntarse qué hacía el inglés ahí.
Sin poder levantarse de la cama, y ni siquiera de mover un solo músculo, le observó mientras atravesaba la ventana con cuidado y después la cerraba tras él tratando de no hacer ningún tipo de ruido. Un momento después, Arthur estaba de pie frente a él, mirándole con gesto serio en el rostro. Se miraron el uno al otro en silencio durante unos minutos, sin moverse. Hasta que Antonio fue capaz de hablar.
-¿Qué demonios haces tú aquí?-le recriminó en voz baja- ¡Se supone que tendrías que estar metido en un barco y alejándote de la ciudad!
Arthur simplemente se acercó un poco más, justo en un lugar en el que las llamas de la chimenea le iluminaron, permitiendo a Antonio observarle con tranquilidad. Había cambiado las prendas que llevaba cuando le había capturado por otras, que a saber dónde había encontrado, lo más seguro era que las hubiese robado, pero aún conservaba tanto la chaqueta como la espada que le había dado en la celda, y eso a la vez le alegraba y le confundía. Al ver que Arthur no decía nada, repitió la pregunta.
-Bueno, ¿vas a decirme qué haces aquí o no?
Pero el rubio no respondió. Siguió mirándole a los ojos, completamente impasible. Trató de distinguir algo en los ojos verdes del otro, pero se topó con un muro que le impidió ver más allá, haciéndole preguntarse por los motivos del otro. ¿Y si había ido a matarle? ¿O era otra cosa? Aunque empezaba a decantarse por la primera opción, sobre todo después de fijarse en que la mano de Arthur reposaba sobre la empuñadura de la espada, aferrándola firmemente.
En ese momento deseó con todas sus fuerzas que el otro fuera capaz de ver en su mirada todo aquello que había descubierto el día anterior. Tal vez eso le salvara.

[Punto de vista de Arthur]

No tenía ni idea de qué iba a decirle. Al fin y al cabo, ¿para qué había ido en realidad? Por mucho que necesitase verle, no tenía ninguna razón para ello en concreto. Tal vez simplemente quería mirarle de nuevo a los ojos. Tal vez, porque quería estar a solas con él. O tal vez...
No sabía qué pensar. No tenía ni idea de lo que realmente quería, aun estaba confuso. Si bien las palabras de Lilith habían conseguido que se diese cuenta de que le necesitaba, ahora que estaba frente a él no sabía que demonios iba a hacer. Las manos le temblaban levemente, así que aferró con más fuerza la empuñadura de la espada. Ah, la espada. Respiró hondo y comenzó a buscar las palabras necesarias. Ésa sería su vía de escape.
Se dio cuenta de que Antonio seguía mirándolo a los ojos con fijeza, así que se aclaró la garganta y rezó para que las palabras no quedasen atascadas.

[Punto de vista de Antonio]

Le observó durante un tiempo, esperando a que Arthur consiguiese articular alguna palabra. En el fondo, se estaba divirtiendo al verle debatirse y, se sintió aliviado al comprobar que la opción que había pensado antes fuera equivocada.
Finalmente, Arthur consiguió hablar, y las palabras que salieron de sus labios no le sorprendieron.
-Vine a devolverte esto-dijo Arthur, tendiéndole la espada.
Siguió mirándole fijamente, impasible. ¿De verdad se había arriesgado tanto sólo por devolverle la espada? Generalmente no entendía lo que pasaba por la cabeza del inglés, y esta vez no era una excepción. Se puso en pie lentamente y se acercó a él.
-Ya no es mía-contestó, colocando la mano en la vaina, en contacto con la mano de Arthur, empujándola hacia él-. Quédatela, es tuya. Y ahora, por lo que más quieras, vete. A ninguno de los dos nos haría gracia que te descubrieran aquí.
Arthur le miró a los ojos, y pudo ver varias cosas a la vez: confusión, tristeza, melancolía... y decisión.
Poco a poco, apartó la mano y se giró, dispuesto a volver a sentarse.
Pero no le dio tiempo.
Escuchó el golpe de la espada contra la gruesa alfombra que cubría el suelo. Pudo ver cómo el rubio se abalanzaba sobre él.
Y al instante siguiente, los labios del inglés besaban los suyos con furia.
No pudo evitar sorprenderse. Ni tampoco pudo evitar que su cuerpo reaccionara rodeándole con los brazos y correspondiendo a esos labios con fuerte sabor a té negro con la misma furia del otro. En ese momento, pudo sentir la confusión del otro, pero en ningún momento se separaron.
Los dedos de Arthur se entrelazaban en su cabello, tironeando de él ligeramente con insistencia, mientras sus propias manos no dejaban de recorrer la espalda del otro. Sin embargo, el aire se agotaba, lo que les obligó a separarse. Antonio llevó ambas manos a las mejillas de Arthur y le obligó a mirarle a los ojos. Pudo sentir perfectamente el calor de las mejillas enrojecidas, y notó que las suyas estaban exactamente igual.
-Arthur...-consiguió decir, después de unos momentos sin habla. El otro le miró, y fue entonces cuando Antonio sonrió con picardía-. ¿Tanto te gustó lo del otro día que, en vez de huir, has venido a por más?
Le notó tensarse entre sus manos, y sus ojos destellaron con furia. Con los dientes apretados, Arthur se dio media vuelta, separándose del castaño, y se dirigió a la ventana mientras murmuraba, aunque de forma audible “maldito bastardo español”. Sin poder evitar reír, salió tras él y le sujetó por el brazo para detenerle.
-Lo siento Arthur, pero es que es lo que parece-trató de detener la risa lo más rápido que pudo, pero se le cortó de pronto al escuchar las palabras dichas por el otro.
-¿Y si te dijera que es por eso?
En un principio creyó que se lo había imaginado, pero al ver las mejillas del rubio, aún más rojas, si eso era posible, que antes, confirmó que no habían sido imaginaciones suyas.
Arthur se dio de nuevo la vuelta, no sólo para mirarle a los ojos, si no para volver a rodearle el cuello con ambos brazos y besarle, pero esta vez de forma más calmada, y de forma muy breve.
-Y espero, bastardo, que esta vez no te quedes a la mitad.
Una vez más, Antonio estalló en carcajadas, y acto seguido pegó su frente a la del inglés, sonriendo.
-No te preocupes. Además, esta vez tengo toda la noche para ello.

[Punto de vista de Arthur]

Se sorprendió a sí mismo con el hecho de haber admitido tan fácilmente la razón por la que había vuelto. O, por lo menos, una de ellas. No creía que fuese capaz de admitir todas las demás. No sólo era porque le había gustado lo que había pasado en la celda o porque quería que continuase. También era porque echaba de menos sus ojos. Y sus manos. Sus caricias. Su pelo castaño. Sus labios, y la sensación de tenerlos sobre su piel. Además, por fin había sido capaz de probarlos, y definitivamente no había quedado decepcionado. Más bien todo lo contrario. Necesitaba más, quería más, y lo quería ahora. Así que simplemente le volvió a besar, sintiendo las manos del castaño deslizándose hasta su cintura y pegándole a su cuerpo.
Pero quería más, así que decidió tomar un poco la iniciativa, obligando a Antonio a retroceder hasta chocar con los pies de la cama y haciéndole caer de espaldas sobre la misma. Aun así, los labios de ambos siguieron unidos en aquél beso, que solo se detuvo un breve instante para tomar aire. Arthur disfrutó el estar sobre el español, aunque para su desgracia no duró mucho, ya que Antonio pronto estuvo sobre él.
Su rostro estaba completamente serio, y no había ni tan siquiera un resquicio de duda en sus ojos, aunque el hambre voraz que amenazaba con devorarle estaba ahí, prácticamente al alcance de la mano. Pero ésta vez no tenía ningún temor a ser devorado. Es más, todo su ser estaba no solo pidiendo sino rogando por ser devorado por esos labios y ese cuerpo.
-Esta vez no hace falta encadenarte, ¿no?-dijo el castaño con sorna, sujetando las muñecas del inglés contra la cama por encima de su cabeza.
-Creo que es evidente que no, ¿no crees? ¿O tal vez preferirías estar encadenado tú? Porque eso se podría arreglar-Arthur se pasó la lengua por los labios.
-Eso no va a ser posible-Arthur notó cómo Antonio apretaba un poco más sus muñecas-, llevo demasiado tiempo queriendo esto-acercó su rostro al del otro-, y no dudes en que tomaré medidas si alguien llega a interrumpirnos.
Una carcajada escapó de los labios de Arthur que pronto fue sustituida por un suave gemido al notar los labios de Antonio en su cuello, y aumentó de intensidad cuando éste mordió la misma zona. Ésta vez pudo notar que los estremecimientos eran de deseo y pasión en vez de miedo, e internamente deseó que no acabasen nunca.

[Punto de vista de Antonio]

Lamió la zona del cuello donde le había mordido y se dispuso a atacar el lado contrario. Por fin había conseguido escuchar los gemidos de Arthur, y había quedado completamente extasiado con ellos hasta el punto de querer escucharlos muchas veces más.
Comenzó a desabotonar la camisa de Arthur, dejando una vez más al descubierto su piel suave y clara. Deslizó sus manos por ella, deleitándose con el tacto de aquella piel, y al llegar a los pezones, los pellizcó ligeramente, haciéndole estremecer. Siguió jugando con ellos durante un rato más para después lamerlos y morderlos mientras sus manos se deslizaban por la suave piel de su vientre.
-Antonio, my dear, tardas demasiado-dijo Arthur, y de pronto Antonio se encontró tumbado boca arriba en la cama con el inglés sentado encima de él-. ¿No crees que deberías darte un poco más de prisa?
-Me gusta tomarme las cosas con calma, así puedo disfrutar más a fondo.
Arthur rió, y después se inclinó sobre él.
-Ya, pero me tienes ganas, tantas como yo a ti, so... ¿por qué esperar?

[Punto de vista de Arthur]

Pudo ver la sorpresa en los ojos de Antonio nada más empezar a desabotonar su camisa. Él también quería divertirse, ¿o a caso no podía? Así que apartó todo lo que pudo la tela blanca y contempló la piel morena con deleite para justo después acariciarla y sentir la necesidad de querer más. Se adelantó un poco más y mordió el cuello del español, lamiendo después la misma zona, y sintió las manos de él situarse en su cintura.
-Antonio, ¿no me digas que al final vas a acabar debajo? Con lo seguro que estabas que sería yo quien lo estaría-rió, y mordió el otro lateral del cuello.
-¿Quién te ha dicho que te voy a dejar quedar arriba?
Las manos de Antonio se deslizaron hacia arriba y le arrebataron la camisa al inglés, dejando su torso completamente desnudo y expuesto ante sus ojos verdes y sus manos hambrientas. Pero no se detuvo ahí, ya que con esa misma camisa ató sus manos y le hizo tenderse sobre la cama cuan largo era.
-¡Antonio! What the hell...?-trató de resistirse, pero el castaño ya estaba encima de él.
-No es que no confíe en ti, pero ahora mismo prefiero tenerte atado y debajo. Aun así, tan sólo será un momento.
El español deslizó una mano desde su cuello hacia abajo, justo hasta la cintura del pantalón. Arthur se estremeció con el contacto, pero no temía lo que iba a hacer, ya que se imaginaba cuáles serían sus siguientes acciones. Alzó un poco la cabeza para ver mejor, y pudo observar cómo Antonio iba desabrochando poco a poco su pantalón para después retirarlo y dejar su cuerpo completamente al desnudo. Y, sin una palabra al respecto, Antonio simplemente tomó su miembro entre sus manos y comenzó a lamerlo poco a poco, haciéndole gemir con fuerza. Se cubrió la boca con las manos atadas a fin de no dejar escapar esos gemidos, pero de pronto se encontró con la mano de Antonio apartándolas.
-Déjame oírte.
Y sin más, mientras sujetaba sus manos con una de las suyas, usó la otra para acariciar su miembro con suavidad, provocándole aún más gemidos. Al principio lo acariciaba con suavidad, pero al poco aumentó el ritmo, haciendo que sus gemidos fueran en aumento. Pero no acabó ahí, ya que el español no le dejaba acostumbrarse al ritmo, cambiando éste cada poco. Arthur, aun gimiendo, miró los ojos de Antonio fijamente para descubrir que el hambre los desbordaba, a la vez que el deseo.
-Antonio... please... I want something more than this...-dijo, y de pronto se deshizo del español y se situó encima de él-. Espero que esto te guste.
-¿Qué se supone que vas a hacer?-dijo el otro
-Esto.

[Punto de vista de Antonio]

No le agradaba mucho la idea de que el inglés tomase la iniciativa, pero por una vez le dejó. Le permitió quitarle el resto de la ropa, aun con sus manos atadas, y al terminar, deshizo las ataduras para dejarle moverse libremente. Tras una sonrisa de parte del rubio, éste comenzó a lamer su miembro, ya erecto, devolviéndole el trato recibido anteriormente. Aunque no duró mucho, ya que había perdido la paciencia. Necesitaba más, y no estaba dispuesto a esperar.
Así que se movió, apartando al inglés de sí, para después colocarse de nuevo encima de él y abrir sus piernas. No sabía muy bien que hacer, pero no quería hacerle daño, no aún por lo menos, así que le pidió ayuda con la mirada.
-¿No sabes qué hacer, Antonio?-dijo Arthur con sorna, para después tomar una de sus manos y lamer sus dedos con la lujuria pintada en la mirada.
Lo entendió al instante. Llevó sus dedos humedecidos a la entrada del otro e introdujo uno de sus dedos. Notó un temblor en el cuerpo del otro, a la vez que un resquicio de dolor en su rostro, pero al instante siguiente éste había desaparecido. Movió poco a poco el dedo en su interior en círculos, y al poco introdujo un segundo dedo, provocando un nuevo estremecimiento en el otro. Cuando introdujo un tercer dedo, el rostro de Arthur no mostraba dolor alguno, sino placer, y fue entonces cuando consideró que estaba preparado.
Retiró los dedos, recibiendo una mirada de reproche del inglés, a la que respondió con una sonrisa. Y acto seguido, introdujo su miembro en la estrecha entrada del rubio.

[Punto de vista de Arthur]

Sintió dolor, y no pudo evitar gritar. Amortiguó el sonido con ambas manos, al fin y al cabo si hacía mucho ruido tal vez les escucharan, y no quería ser interrumpido. No ahora, que tenía a Antonio dentro. No ahora que podía sentirle por completo.
Una vez más, las manos de Antonio apartaron las suyas, pero esta vez el español las colocó alrededor de su cuello, dándole un lugar al que aferrarse. Esperó un poco sin moverse, y cuando Arthur se acostumbró, se lo hizo saber. Antonio se movió en su interior, primero poco a poco, tratando de no dañarle, haciendo a Arthur gemir.
-Si vas a hacerlo así, podemos tirarnos incluso un día entero y no terminar para entonces-soltó Arthur de pronto con una leve carcajada
-¿Y no es eso lo que te gustaría?
-Lo que me gustaría es que me dejaras a mí encima, pero como no es posible, simplemente hazlo más rápido, o me vas a matar de impaciencia.
Antonio soltó una carcajada y, tras eso, aumentó el ritmo de las embestidas, aunque no tanto como al inglés le gustaría. Aun así, no se quejó. Se aferró con más fuerza a él y movió sus caderas a fin de hacerle llegar aún más al fondo, y dejó escapar gemidos en su oído. Quería que le escuchara bien, y quería que le escuchara gemir su nombre.
Las embestidas aumentaron a la vez que los gemidos de Arthur en el oído de Antonio y los arañazos en su espalda. Acto seguido, sus labios buscaron los del castaño, y aprovechando la guardia baja del otro, hizo girar sus cuerpos y se colocó encima.
-¿Arthur?-soltó el español, sorprendido
Por toda respuesta, Arthur le guiñó un ojo y comenzó a moverse encima de él, apoyándose en su pecho. Las manos de Antonio se deslizaron por sus piernas hasta llegar a sus muslos, donde las dejó reposar unos instantes.

[Punto de vista de Antonio]

Simplemente no podía dejar de mirarle, de recorrer con sus ojos su piel, su torso, su cuello, sus mejillas enrojecidas y sus ojos entrecerrados. Tampoco dejó de fijarse en sus labios, ligeramente entreabiertos. Todo de él le hipnotizaba. Alargó una de sus manos y acarició con suavidad los labios de Arthur, notando su aliento cálido y entrecortado. No sabía cómo había podido vivir hasta ese momento sin sentirle de aquella forma.
Deslizó la mano desde sus labios hasta su mejilla y atrajo su rostro para poder besarlo con pasión, sin interrumpir el ritmo marcado por el rubio. Pero ya iba siendo hora de que él retomase el control, así que una vez más aprisionó el cuerpo de Arthur contra la cama, a la vez que aumentaba aún más el ritmo de las embestidas. Los gemidos del inglés fueron en aumento, y volvió a aferrarse a su espalda, dejando varias marcas más de arañazos.
Y entonces lo notó, ahí estaba. Profundizó las embestidas y entrelazó sus manos con las de Arthur, el cuál las apretó con fuerza.
-Antonio... there it is... now... faster!
Haciendo caso a sus peticiones, aumentó el ritmo hasta el límite y besó y mordió sus labios una vez más, ahogando por unos instantes sus gemidos. Acto seguido, echó la cabeza hacia atrás, gimiendo, llegando al clímax a la vez que Arthur, dejándose caer después sobre él. Tras unos momentos en los que las respiraciones de los dos estaban agitadas, Antonio se tumbó al lado del inglés, más calmado. Su mirada se dirigió entonces a Arthur, el cuál también le miraba fijamente. Su pecho subía y bajaba casi con normalidad, al ritmo de su respiración, y se agitó con su suave risa.
-¿De qué te ríes?-preguntó, intrigado por su risa
Arthur soltó otra carcajada y se giró.
-De que nunca creí que acabaría así contigo... Que suerte tengo que esto haya pasado.
-¿Tu crees?
-¿A caso no es lo que tú piensas?
-Heh. La verdad...-hizo una pausa
-¿La verdad, qué? No me dejes con la intriga, bastardo.
Antonio rió y rodeó la cintura de Arthur con sus brazos para luego besarle.
-La verdad... es que si. Ahora, si no te importa, me gustaría descansar. Mañana tengo que salir a buscarte y traerte a rastras para que te ejecuten, aunque para entonces, y con un poco de “suerte”, ya estarás lejos de aquí.
-¿Cómo que “suerte”?
Antonio sonrió ampliamente y apoyó su frente contra la de él.
-Tengo un plan.

Dulce Navidad, Antonio - Capítulo 04


Capítulo 4. 31 de diciembre.
31 de diciembre. Lovino no había salido de casa de Antonio desde hacía 3 días. Había subido a su dormitorio –por supuesto que tenía allí un dormitorio, no iba a quedarse en una simple habitación de invitados-, se había tirado sobre la cama, y nada más. Eso había sido todo.
Cuando tenía hambre, bajaba a la cocina y cogía cualquier cosa de la nevera. Un tomate, alguna pizza… cualquier cosa que veía. Sin embargo y, sin saber muy bien por qué, no había tocado las bandejas navideñas que había preparado Antonio.
Encogido sobre sí mismo en la cama, Lovino tenía mucho tiempo libre para pensar. Su maleta seguía abajo, en el mismo lugar donde la había dejado tres días antes. El móvil le había sonado bastantes veces, pero él simplemente lo había apagado. No quería hablar con nadie, no quería que nadie le molestara.
Lovino no tenía ni la más mínima idea de por qué estaba así.
Cerró los ojos con fuerza, lo único que había cambiado era la presencia de Antonio. Él ya no estaba. En el fondo lo sabía, pero se negaba a creer que fuera por eso, ¿de verdad aquel bastardo le afectaba tanto? Era, simplemente, raro. Muy raro.
Lovino suspiró, intentando encontrar en su mente algún recuerdo que le hubiera hecho sentir mal por culpa de Antonio. Encontró unos cuantos.
Un día, hacía algunos años, España le había propuesto ir al cine. Una simple invitación a ver una película de la que Antonio tenía dos entradas. Casualmente, era una que Lovino quería ver desde hacía tiempo. Y encima le invitaban, ¿por qué no iba a ir?
-¿A qué hora empieza?
-A las cinco –sonrió España.
-¿Las cinco? Bien, terminaré de arreglar unos papeles de mi nación justo un poco antes, y esta noche me voy a una fiesta ibicenca a la que me han invitado, que será sobre las nueve, así que… supongo que las cinco es una buena hora. Qué casualidad, que los planes me hayan cuadrado tan bien hoy.
-Sí… qué casualidad –comentó Antonio ampliando su sonrisa, pero con una expresión extraña que Lovino no supo descifrar.
-Lo que sea. De todas formas, tengo que ir a comprar algunas cosas antes de ir al cine.
-¿Eh? ¿Necesitas algo, Lovi?
-Nada en especial… ¡deja de llamarme así! Tú déjame en el centro y vete luego a dar una vuelta… a las cinco estaré allí –gruñó antes de desaparecer en su habitación.
Horas más tarde, Antonio había parado el coche y le había dejado en un centro comercial. Lovino le recordó, antes de bajar, que ya acudiría él al cine, y corrió hacia la entrada, donde una amiga suya le estaba esperando con una sonrisa. Él le había sonreído de vuelta con timidez antes de entrar; lo mínimo era ser amable con la muchacha, ya que había aceptado acompañarle para comprar algunos alimentos típicos del país. Antonio siempre le hacía regalos por su cumpleaños, por lo que, que de vez en cuando, Lovino se preocupara por devolvérselos, no era tan raro. Le haría alguna comida imposible de olvidar. Aquel bastardo vería sus dotes culinarias.
Cuando se dio cuenta de que si no se iba, llegaría tarde a la película, corrió a por un taxi. Sin embargo, no esperaba que el típico atasco de los sábados le asaltara precisamente a él. No le hizo falta subirse al coche para darse cuenta de que no iba a avanzar.
Todo se disipó a las ocho de la noche. Romano temblaba, tragaba saliva sin parar. Estaba más que nervioso, aquella situación le estaba jugando una mala pasada. Subió a un taxi y, solo por si acaso, le hizo parar en el cine. Como había imaginado, Antonio ya no estaba.
Cuando llegó a casa de España, encontró una nota en lugar de a Antonio. Le decía que sentía que no hubieran podido ver la película a tiempo, pero que no pasaba nada. Que como Romano aquella noche no estaría, se había ido con Francis a beber un rato.
Lovino arrugó la notita en sus manos hasta hacerla una bola y la tiró con rabia a la basura, donde había dos entradas de cine, rotas por la mitad.
Antonio se quedó sin cena de cumpleaños. Lovino se quedó sin fiesta aquella noche.

Romano se había odiado por ello aquel 12 de febrero, en el que España no había quitado aquella triste sonrisa –que solo él podía reconocer- en todo el día. Por supuesto, él no le había explicado lo de la comida, ¿con qué cara lo hacía? En cuanto al cine, tampoco le había dicho nada, igual que lo de la fiesta a la que había decidido no ir.
Era un estúpido. Un completo estúpido.
Se tapó hasta la nariz con su sábana y permaneció así hasta que oyó el reloj del salón. Sonaron doce campanadas.
Feliz año nuevo, Lovino…

***

Sabía que Veneciano y el macho patatas no tardarían en saber que Antonio se había ido. Por eso, cuando el timbre de casa sonó repetidas veces, Lovino no se alarmó. Bajó con parsimonia y entreabrió la puerta para ver a su preocupado hermano mirándole fijamente desde el porche.
Fratello! –exclamó tirándose a sus brazos.
-Joder, no hagas eso, que pesas…
-Francis nos llamó el otro día –aclaró Ludwig-, dijo que España se había ido de viaje.
-No hagas esto más, fratello, te llamé muchas veces, no sabes lo preocupado que estuve.
-Cállate. No es como si hubiera desaparecido, ¿o sí? Además, ¿qué queréis?
Lovino estaba de mal humor. Ludwig se había dado cuenta enseguida. Tal vez era por mencionar a Francia, tal vez porque Antonio se había ido. Frunció el ceño, irritado.
-¿Por qué no vienes a pasar el Año Nuevo con nosotros, vee~?
-Ni de coña.
Lovino no tuvo que pensarlo ni un segundo antes de declinar la oferta. Por el rabillo del ojo, vio a Alemania relajarse y suspirar disimuladamente.
-Tranquilo, macho patatas, no pienso arruinar vuestra cita –comentó ácidamente, logrando que Ludwig se sonrojara e intentara disculparse.
-Es Año Nuevo, Lovino, ¡ven con nosotros! –insistió su hermano.
-He dicho que no. Estoy más tranquilo solo.
Ludwig cogió a Italia del Norte de la mano para alejarlo de él. Si el italiano decía que no, era que no. Feliciano hizo un mohín; Romano se dio cuenta de que estaba  a punto de ponerse a llorar, y él no quería que eso ocurriera. Chasqueando la lengua, se acercó a él y le dio un beso en la frente, mientras acariciaba sus cabellos con cariño.
-De verdad, estoy mejor en casa –le dijo en un tono más agradable-, disfrutad de la cita.
-Fratello… Feliz Año Nuevo –le sonrió, y Lovino le devolvió la sonrisa a su manera. Después de todo, era su hermano, el único que, a parte de Antonio, le había querido por muy mal que se portara con él.
-Sube al coche, Italia –le pidió Ludwig-, ahora voy yo.
El italiano asintió, más tranquilo, y se alejó de ellos para subir en el asiento del copiloto. Lovino enarcó una ceja, le pareció extraño.
-¿Estarás bien tú solo?
-No soy un mocoso, joder. Ya te dije el otro día que…
-Sé lo que me dijiste –frunció el ceño, con desagrado-. Y, aunque no fueras muy agradable, eres el hermano de Veneciano y no puedo evitar el estar, aunque solo sea un poco, preocupado.
-No necesito que te preocupes, agh –murmuró estremeciéndose.
-Qué gracioso. Escucha, Lovino, no te hace ningún bien quedarte en su casa. Sabes que no.
Ludwig vio como el italiano abría mucho los ojos al principio, luego la boca, que la volvió a cerrar en seguida, apretó los dientes y lo miró con ira. Genial, lo que más necesitaba el día de Año Nuevo, un Lovino furibundo.
-¡¿Quién coño te has… creído que eres?!
-Tranquilízate. Recuerda que Feliciano está justo ahí. ¿De verdad quieres que se preocupe todavía más por tu culpa? Detén esto, ya no eres un crío.
Y entonces Lovino miró hacia el coche, volvió su vista a él y, respirando agitado, entró a la casa, sin despedirse siquiera.
El italiano corrió hacia su maleta y le dio una patada tirándola al suelo. Golpeó la pared, volcó las mesas, las sillas, y gritó de pura rabia mientras tiraba al suelo todo lo que había a su alcance. Dejó el salón hecho un desastre, pero no le importó; fue a la nevera y, después de echarle otro vistazo a las bandejas de comida navideña, cogió la botella de vino de Rioja y subió a encerrarse en su dormitorio.

domingo, 29 de abril de 2012

Modificaciones

¿Recordáis que al lado izquierdo del blog había un enlace para llegar al foro?
Bien, pues la razón por la que ya no está es porque el foro ha sido suprimido.
Pensemos que prácticamente no se utilizaba, así que he decidido eliminarlo del todo.

También he vuelto a permitir comentarios anónimos y he suprimido la moderación de comentarios.
Pero aviso a navegantes, al primer comentario fuera de lugar, insultando o bien a los autores o bien a su trabajo, o no directamente insultando, pero si criticando de forma negativa, dicho comentario será borrado.
No es que no permita los comentarios críticos, es más, os invito a dejarlos, ya que es una forma que tenemos los autores de mejorar nuestras historias, pero críticas sin pasarse, y nada de malos modos.
De ahí el aviso de que los comentarios que estén fuera de lugar o hablando mal serán suprimidos.

A los autores, prohibido contestar a estos comentarios bajo castigo (y va en serio).

Creo que esto es todo.
Saludos.

Kyara

domingo, 25 de marzo de 2012

Dulce Navidad, Antonio - Capítulo 03

Capítulo 3. 24 de diciembre.

Antonio cerró la puerta delarmario lentamente. Estaba contento porque Lovino hubiera vuelto, aunque nopudo evitar sentirse algo melancólico. Cuando bajó al piso inferior y vio lamaleta del italiano en la entrada, sonrió levemente, pero no le dijo nada,sabía perfectamente que aquello avergonzaría tanto a Romano que este no seatrevería a volver. Pero, ¿no era aquello lo que quería? ¿No se ibaprecisamente por eso? ¿Para poder olvidarlo?
Suspiró profundamente. No, nopodía echar la culpa a Lovino. Si se marchaba de su casa era única yexclusivamente por sí mismo. Necesitaba ese espacio, esa libertad que creíaperdida. De todas formas, había tomado una decisión, y no pensaba cambiarla.
-¿Lovino? –lo llamó mientras lobuscaba por todas las habitaciones de la casa. Finalmente, lo encontró en elsalón, viendo la tele como si nada, de espaldas a él-. Me voy ya… ¿Te apeteceacompañarme al aeropuerto?
Antonio esperó nervioso surespuesta, no tenía que haberle preguntado nada, no debería haber abierto laboca. Estaba claro que la respuesta de Lovino sería un NO rotundo, ¿por quétendría que acompañarle?
Tragó saliva y miró al suelo,esperando. Pero no oyó nada, Romano no dijo nada. Elevó su mirada hasta el sofáen el que estaba sentado para ver a Lovino cambiando de canal, muy deprisa. Leignoraba.
-Bueno, pues… Adiós. Eh… esto… Nopierdas mi llave, por favor.
Con un nudo en el pecho y,notando que si no se iba pronto se echaría a llorar, salió de la casaarrastrando la maleta. Subió al coche y arrancó. No quería mirar atrás, nopodía permitirse el lujo de dudar…
Era lo mejor para Romano y,quizá, también para él.

***

Lovino se había quedado estáticocuando España le preguntó si le acompañaba al aeropuerto. ¿Qué le acompañara?¿Era tan estúpido como para pedirle aquello? No es que le fuera a echar demenos, o que no quisiera verlo irse, o que no le apeteciera ver ahora su cara,por última vez, hasta quien sabía cuándo. Por supuesto que no era por eso.Simplemente era incómodo decirle adiós, nunca había sido bueno para esas cosas.Además, seguro que el momento en el que fuera a despegar el avión, el españolle montaría uno de sus numeritos…
Sin embargo, si iba con él, si leacompañaba al aeropuerto tal vez Antonio se diera cuenta de que irse en esemomento definitivamente NO era lo mejor. Es decir, claro que le daba igual todolo demás, pero era Antonio quien plantaba y cuidaba los tomates, y quien lehacía la comida, y quien le esperaba cada noche hasta las tantas hasta quevolvía de sus fiestas, y… Así que, si él se lo pedía, Antonio podíareconsiderar lo de aquel estúpido e innecesario viaje.
Había sentido una repentinaparálisis cuando el español le había dicho que se marchaba y que no perdierasus llaves. No pudo moverse hasta que España abrió la puerta y desapareció trasella. Respiró descompasadamente, ¿qué diablos era aquella sensación? ¿Miedo?
Impotencia, tal vez…
Intentando no pensar mucho enesto último, se levantó del sofá y, para convencerse a sí mismo de que estabatranquilo y que la marcha del español no le podía importar menos, se dirigiócon lentitud hacia la nevera. Seguro que allí habría algo de comida decente,después de todo, Antonio no era tan inútil, sabía bastante de agricultura ytodo lo que cultivaba en su pequeño huerto estaba jodidamente bueno.
Sin embargo no fueron lasverduras, ni los rojos y llamativos tomates frescos, los que llamaron suatención. Lovino no pudo apartar la mirada de dos bandejas llenas de comida conadornos navideños que ocupaban la parte superior del frigorífico. Había, por lomenos, 5 tipos de pasta distinta, carne, pescado y gambas. Aquel bastardohabría gastado todo un fortunón, y un tiempo innecesario, a su opinión, ya quetodo estaba intacto. Frunció el ceño, había algo que no cuadraba y, fuera loque fuera, presentía que no era nada bueno. Cuando vio el vino de Rioja quehabía en la puerta de la nevera, lo comprendió.
A España le gustaba el vino,mucho. Pero, sobre todo, le gustaba el vino cuando lo bebía con Romano.
Como si se hubiese instaladopropulsores, corrió de pronto hacia el calendario que antes había recogido delsuelo y devuelto a su sitio, la pared.
Toda aquella comida, la deliciosapasta, el cochinillo y el salmón, el postre de chocolate que había al fondo yque casi no se veía, los tomates que había en los platos en cortes limpios, elRioja…
Los días que Antonio habíatachado, solo hasta el 24.
Lovino volvió a mirar la cocina,como si no pudiera creer aquello de lo que acababa de darse cuenta. España nosolo había pasado la Nochebuena y Navidad solo, sino que también habíadesperdiciado todo el día para preparar una cena para él -la pasta y el tomateeran la prueba-, y Lovino no se había dignado ni en llamarlo por teléfono.
No, no podía ser. Antonio no eratan estúpido. ¿O sí? Bueno, sería mejor omitir ese tema.
Espera, todavía tenía unaoportunidad. España podía seguir en su coche, de todas formas, acababa de irsede casa no hacía ni tres minutos. Con una velocidad que no sabía que tenía,corrió hacia la puerta y la abrió. Escrutó con la vista la calle desierta, conel corazón en un puño, mientras salía a trompicones del portal. Cayó al suelode bruces al no ver un escalón y rodó; el resultado fue varios arañazos en laspiernas y brazos, y un dolor agudo en la nariz, que se había puesto a sangrar.Definitivamente, España debía pavimentar su propio suelo… Lovino se levantó denuevo y gritó el nombre de Antonio varias veces, pero no le sirvió de nada. Sucoche no estaba.
España se había ido, y él ya nopodía arreglar las cosas. La había cagado, pero bien.
-Oh, joder. Bastado de…
Lovino calló, sus ojos se estabanhumedeciendo, así que se mordió los labios para no llorar. No podía llorar, nopor él… Se sentía impotente, muy impotente. Paró al darse cuenta de que tambiénlos labios le sangraban, dejó de hacer presión con sus dientes y se secó losojos con una de sus mangas. Cogió el móvil y marcó con rapidez algunos números,equivocándose a veces por el temblor de sus manos. A los pocos segundos, lerespondió una voz grave, pero educada.
-Maldición, ¿dónde está mihermano? ¡¿Qué coño haces contestando a su móvil, jodido macho patatas?! ¡Dileque se ponga ahora mismo!
-Siempre es tan estimulantehablar contigo, Romano…
-¡Que te calles! ¿Dónde estáFeliciano?
-No está en casa.
-¿Cómo? ¿Dónde ha ido?
-No tengo ni idea. ¿Estás con España?
Lovino dejó de gruñir y chillar,y se quedó callado. No, no estaba con España. Él se había ido. Frunció el ceño,mirando hacia el suelo.
-¿Romano? –lo llamó el alemán,extrañado de no oír sus insultos.
-No iré a cenar esta noche.
-¿Te quedarás con Antonio?
Cállate. Cállate. Cállate. Dejade llamarlo por su nombre. Cállate de una vez.
-Tampoco iré a dormir.
-Oh… Supongo, entonces, que estarásen su casa.
-Te diré una cosa, jodido rubiode mierda. Métete en tus putos asuntos y deja los míos en paz. Y no te atrevas,te lo advierto, no te atrevas, a hacer nada a mi hermano tan solo porque yo noesté allí hoy. Porque te juro que si lo tocas, aunque solo sea el rizo, duranteun maldito segundo, ¡te las verás conmigo! ¡Idiota!
Lovino colgó con fuerza,respirando iracundo mientras apretaba el móvil entre sus manos. Volvió la vistahacia la casa del español y, como si quisiera romper el suelo bajo sus pies,caminó furioso hacia su interior para después cerrar de un portazo.

viernes, 23 de marzo de 2012

No más dolor - Capitulo 2

Capítulo 2

Ya era mi segundo día en aquella mierda de hospital. El desayuno era una mierda mezclada con las pastillas para los dolores, y el almuerzo era tres cuartos de lo mismo. Un bodrio. Pero bueno, en cuanto los huesos se terminasen de soldar, comenzaría con la rehabilitación. Joder, encima que no puedo palmarla. Me siento raro... me debería de doler todo el cuerpo, pero no, no me duele casi nada, no si es porque realmente no podré volver a caminar o porque simplemente la anestesia de la operación todavía duraría un tiempo más... no lo sé. Lo único que podía mover era el brazo... de ahí el que me intentara suicidar antes de que llegaran los médicos y me dijeras lo mismo que a todos: “Usted no podrá volver a andar” o lo típico de “Ha sufrido muchas lesiones físicas y tendrá que ir a rehabilitación durante un tiempo”. Putos médicos, siempre con la misma mierda. Pero esta vez fue diferente... esta vez no me sentí tan mal en cuanto el médico me dijo lo de la rehabilitación... bueno si, me puse de mala leche, y que agradezca que no me podía poner en pie, que si no le arrancaba la cabeza de una patada. Pero a lo que iba, esta vez fue diferente, esta vez había alguien a mi lado, una cara conocida, una mano amiga... otra fastidia-suicidio... pero no me sentí cabreado, o por lo menos no tanto, cuando vi su cara. Elízabeth, mi mejor amiga de infancia, y la persona que más me apoyó y ayudó a la hora de empezar a salir con Amy. Lo que me sigue resultando raro es el no haber tenido noticias de ella desde hacía tanto tiempo. Siempre me escribía algún email que otro cada cierto tiempo para dar señales de vida. Obviamente yo le respondía pero... desde que se echó novio, dejó de escribir, dejó de llamar... se perdió. Y ella era la última amiga fiel que me quedaba. Los otros, en cuanto Amy... murió, me dejaron de lado, me quedé más solo que la una. Perdí mi trabajo, a mi mujer, y a mi familia, y todo en el mismo año. Y encima mis intentos de suicidio no dieron su fruto, y el último fue el peor de todos. Y no contento con ello, me llevé a alguien por delante. Le arruiné la vida a otra persona, y encima era una mujer. Lo cual hacía que me sintiera peor de lo que ya estaba. Y encima estaba en la cama de al lado. Cuando yo decía que la vida era una mierda, a eso me refería.

-Buenos días, señor –se me acercó una enfermera, bastante guapa-. Es la hora del desayuno.
-Joder, ¿no podrías matarme ya directamente? En serio, no tengo nada en contra del que cocina eso pero... ya se lo podría currar un poquito más... ¿no cree?
-Señor, cada comida está adaptada a cada necesidad de cada paciente. En su caso, tiene menos grasas.
-¿Y eso porque? –odio que la comida no sea grasienta.
-Porque según su informe, en el accidente, sus órganos internos quedaron muy dañados, y podrían llegar a causar graves infecciones si toma exceso de grasa.
-Pero la comida sin grasa es una mierda... ¿usted la ha probado?
-No, señor. Yo ya tengo mi desayuno especial.
-¿A sí? Pues hasta que usted no pruebe mi desayuno, yo no pienso dar ni un bocado.
-Señor, no me obligue a darle de comer.
-Para algo le pagan, ¿no? –ya me estaba empezando a calentar.
-Me pagan para ayudar y cuidar a los pacientes, señor.
-Pues esa es la ayuda que necesito ahora, que usted pruebe mi comida para que compruebe que está en mal estado –le señalé la bandeja de comida que llevaba en la mano.
-Señor, yo no puedo probar su comida, debe tomársela usted por su propio bien.
-No me llames señor, que no soy tan viejo...
-Está bien... -suspiró tranquila-, tienes que tomarte la comida por tu propio bien...
-Déjala ahí... ya veré si me la como o no... -aparté la mirada rápidamente.
-De acuerdo, pero vendré dentro de un rato para comprobar que se la ha comido, o que por lo menos la ha probado.
-Que si... déjela ya y váyase...
-¿Nos hemos levantado con el pie izquierdo, eh?
-Si me pudiera levantar no me hubiera visto… me habría largado ya hace tiempo...
-Bueno, bueno... ya me voy... Caray, que carácter...

Después de aquellas palabras, la enfermera dejó la bandeja sobre una pequeña mesa que había en el lateral de la cama, al alcance de mi mano. Que pesadilla de mujer, creía que no se iba a ir nunca de allí, pero por fin, cuando vi que salió, respire hondo y mire mal a la bandeja de comida.

-Mierda de comida...

Me entraron ganas de coger la comida y de lanzarla contra la pared, pero por falta de ganas y de fuerzas, no lo hice. Solo podía mover el brazo para coger los cubiertos y llevarme la comida a la cara. Y casi ni eso. Asco de vida... dios, cada vez que pienso en lo que me pasó, más ganas de morirme tenía. Y encima eso, cada vez que miraba a mi izquierda, veía la cama de aquella chica que por mi culpa, casi pierde la vida. Miré a mi alrededor y no veía a nadie, más que a los que suponía que eran los familiares y amigos de ella. Tanta mierda, y ni siquiera se su nombre, claro que tampoco me atrevía a preguntarlo, por si me saltaran al cuello como el otro día. Aunque es normal. Después de lo que le hice, no me extraña que a la mínima me saltasen al cuello como buitres a la carroña. En parte, a veces pasaban por mi cabeza pensamientos de: “Y si les provoco... ¿me matarán? Me harían un gran favor”. Pero luego, por otro lado, recordaba que, tal y como estaba la cosa dudo mucho que me hicieran algo más que herirme psicológicamente. Me sentía hundido en la mierda más grande y espesa que alguien pudiera haber cagado nunca. Hasta la visita de la enfermera me daba miedo por si me decía algo, o por si preguntaba por esas miraditas que nos echábamos entre nosotros.

Si el desayuno fue una mierda, el almuerzo era algo más que tortuoso. Las pastillas por lo menos no eran tan grandes y de colorines como las del desayuno. Simplemente eran, como los llamaba mi madre: “tranquimanices”. Las pastillas estas que son para el dolor de cabeza. Y no contentos con las pastillas, los cabrones me tenían todo el día enchufado a la máquina de morfina, que me colocaba todo el día. Aunque yo no notaba mucho alivio con aquella mierda en el cuerpo, pero bueno. Si ellos dicen que me ayudaría a mejorar y a sufrir menos, que me echen lo que quieran. Aunque para que alargar el sufrimiento. Estaba seguro de que en cuanto saliese de aquel hospital no haríamos que ver una y otra vez la imagen de aquella chica postrada en la cama. Por muy lejos que me fuese, esa escena me perseguiría hasta el fin de mis días. Otro motivo más para palmarla antes.

-Hola... -me dijo una voz en medio de mis pensamientos.
-¿Eh? –me giré para ver quien era y me asusté, era el hermano de la accidentada.
-Antes de nada quiero pedirte perdón... por todo lo que te dije el otro día. Pero entiéndeme, casi te cargas a mi hermana...
-S-si, te entiendo... -tragué saliva y me puse tenso, a saber como reaccionaría-. Pero el que tiene que pedir perdón soy yo. Soy el único que debería de estar más que arrepentido...
-Que pasa, ¿no lo estás? –alzó una ceja preguntando.
-¡Claro que lo estoy! ¿Cómo no iba a estar arrepentido de haber intentado suicidarme, y de casi llevarme a una persona inocente por delante?
-No lo se, hay gente y hay gente –agachó la cabeza, triste.
-Oye, de verdad... -le miré con cara de preocupación-, lo siento. No era mi intención hacerle nada. Yo pretendía que me diese contra algún camión.
-Yo también lo hubiera preferido, y perdona que te lo diga así, pero es lo que hay.
-Lo se, me merezco todo vuestro desprecio y odio. No me atrevo ni a miraros a la cara por la vergüenza.
-No es desprecio lo que sentimos, sino lástima. Porque, eso de que intentes suicidarte, y que sin conseguirlo acabes mejor que mi hermana... eso es algo lamentable.

No podía decir nada en contra, me tuve que tragar mi orgullo con las pastillas de la comida.

-Si, y eso que no te conoces mi historia. Mi vida es muchísimo mas lamentable de lo que te puedas imaginar.
-Je, para intentar suicidarte... diría que no tienes trabajo o que te dejó tu mujer.
-Es algo peor... -dirigí la mirada hacia su hermana, recordando a Amy cuando dormía a mi lado.
-¿Algo peor? ¿Había algún hijo de por medio, o que?
-Sí... -se me escapó una lágrima-. Estaba embarazada cuando la perdí...

En cuanto le dije eso le cambió la cara, ahora me miraba algo pálido. Creo que se dio cuenta de que lo que había dicho me había echo recordar algo doloroso.

-¿Cuando... la perdiste? –me preguntó con miedo a la respuesta.
-Sí, murió en un accidente de tráfico cuando iba a recoger a su hermano al aeropuerto. Lo cual hace que me hunda mas en la mierda pensando en que pude haber echo lo que aquel loco le hizo a Amy... con tu hermana...
-D-Dios... Angie iba ha recogerme al puerto. Yo volvía de un crucero...
-Pues peor todavía... casi me ca... casi acabo con la vida de tu hermana igual que aquel hijo de puta acabó con la de Amy... de la misma forma. Me siento miserable por todo... Solo falta que me digas que tu hermana está embarazada para terminar definitivamente con mi conciencia...
-No, mi hermana no tiene novio desde hace más de un año, y no sale mucho con chicos. Así que no puede estar embarazada.
-Menos mal... sino imagínate como viviría yo después del hospital.
-Pues si. Entonces si te hubiese estrangulado en cuanto hubiese entrado en la habitación.
-Pues te lo hubiera agradecido...
-¿El que? ¿El haberte ahogado?
-Sí... quisiera morirme... Amy murió hace ya mas de cinco años, perdí mi trabajo como publicista, todos mis amigos, como no salía ya por falta de entusiasmo y de hacer vida social, me fueron dejando de lado... hasta mi gato se fue de casa un día y no volvió –intenté reír, pero solo podía dejar caer lagrimas de dolor.
-Mierda, lo siento... pues si que es triste tu historia... no, no tenía ni idea. Bueno, tampoco es que me pusiera a pensar en el porque lo habrías hecho –se acercó a la cama y me tendió un paquete de pañuelos.
-G-Gracias... -dije entre mocos y lagrimas, tomando el paquetito y sonándome con uno de los clínex.
-Jake... -me dijo.
-¿Eh? –le miré extrañado.
-Me llamo Jake. Y te pido perdón otra vez por mi falta de educación y por los insultos –me tendió la mano.

Yo no entendía aquella reacción de alguien que casi pierde a un familiar por mi culpa. Tardé unos segundos en reaccionar pero, ya que había sido él el que dio el primer paso, terminando de sonarme le estreché la mano.

-Shílveorth...
-Que nombre más...
-Raro, lo sé. Si lo prefieres, llámame Jack.
-Sí, mejor –se rió un poco-. Un placer, Jack. Aunque sea en estas circunstancias.
-L-Lo mismo digo... -asentí-. Me hubiera gustado conocernos de alguna forma menos... “chocante”.
-Jajaja... -soltó una carcajada.

Seguía con el miedo en el cuerpo a pesar de que ya nos conocíamos un poco más. Seguía pensando que no era normal. Algo me decía que aquel tipo ocultaba algo. No se, había algo en el que no me daba muy buena espina. Sería la forma tan repentina en la que de un día para otro me vino pidiendo perdón la que me echo un poco para detrás cuando le fui a estrechar la mano. No sabría explicarlo, era algo extraño. Pero aun sabiendo lo que podría pasar, lo hice, le estreché la mano y entablé conversación con aquel que días antes quería matarme. Pensé que esa sería una buena forma de empezar a pedir perdón. A lo mejor, en el caso de que se diese la oportunidad, me podría disculpar en persona con... ¿Angie? Si, creo que si se llamaba así. Aunque sinceramente, si alguien me hubiese dejado en las últimas y luego se me acercase, saldría corriendo en dirección contraria, o me lanzaría al cuello para matarlo. Así que ese era otro de mis miedos, que no tuviese la oportunidad de poder disculparme en persona con ella. No podría marcharme del hospital sin haberle pedido perdón. Yo soy de esas personas que se comen la cabeza cuando no logran hacer lo que se proponen. Se me suelen quedar las cosas que no he hecho, y me siento mal por ello. En cuanto viese la oportunidad de hacerlo, me acercaría y se lo diría. Aunque no se con que palabras exactas lo haría, pero bueno. La cosa era esperar a ese momento. Solo esperaba que no me matasen los medicamentos antes de disculparme.

Después de haberme disculpado con el hermano, me sentía menos mierda. Tenía menos ganas de morirme, aunque no desistía. Algún día que otro pensaba en como me podría suicidar. Entonces descubrí que los cables de la morfina no sirven para ahorcarse. Y que los cubiertos no se clavaban bien. Encima los ejercicios eran más que aburridos y dolorosos. Casi no sentía las piernas cuando me hacían los ejercicios para recuperar la movilidad, era como si las tuviese muertas. Pero los médicos me decían que eso era por la magnitud del choque. Que era cuestión de tiempo que volviesen a responder. Yo, como bien me enseñó mi madre, desconfiaba de esos “matasanos”. Estoy mas que seguro de que no volvería a andar en muchísimo tiempo, o puede que incluso nunca llegase a caminar. Pero bueno. Es lo que toca. Día tras día iba haciendo más y más ejercicios. Cada vez me cansaba más. Había noches en las que no podía aguantar más la presión y el dolor y simplemente lloraba. Sí, era raro que yo llorase, pero a pesar de que no quería seguir viviendo, tampoco quería seguir así, en un estado casi vegetativo.

En una de esas noches solitarias y dolorosas, me dediqué a ver como Angie, aquella chica postrada en la cama de al lado, rezaba todas las plegarias habidas y por haber. Era un tanto a favor. Por lo menos estaba activa, y podía hablar, porque más que rezar, susurraba las plegarias, esperando alguna respuesta divina. Lo que mas me sorprendió fue oír de aquella voz dulce un: “Perdónale, padre... perdónale el mal que hizo. Te lo ruego, vela también por su vida”. ¿Estaba rezando por mí? Creo que la morfina se había pasado con el colocón. No era posible que estuviese pidiendo perdón por mí... no me encajaba. ¿Casi la mato y aun así rezaba por mí? No se.

-Te perdonará... -interrumpió una voz en mis pensamientos.
-¿Qué? –miré a mi alrededor y la vi sentada en la cama, sonriéndome.
-Él siempre perdona... es muy bueno –me sonrió ampliamente.
-¿Él? ¿Quién? – ¿de quién estaría hablando?
-Jajaja... Estoy hablando de él... -señaló al techo-, de Dios... ¿no le conoces?
-No he tenido el gusto... -se le fue la chaveta.
-Pues cuando le conozcas, te caerá muy bien. A mi me ayudo ha recuperar la vista cuando era pequeña...
-Cla~ro... -asentí como si estuviese hablando con un loco.
-Es cierto, pregúntale mañana a Jake. Pero shh, no le digas que estuve rezando, ¿vale? – me volvió a sonreír y se acostó en la cama-. Buenas noches Jack...
-B-Buenas noches... -ahora si que se le fue.

Menuda sorpresa. Rezando por mí, y encima pidiéndome que no se lo diga al hermano. Esperaba que al día siguiente eso no hubiese sido más que un sueño. Y eso de que le devolvió la vista. Puede que le haya afectado el golpe más que a mí. Menudas alucinaciones. Conoce a dios. Je, pues si existe, es un hijo puta de los más grandes de la historia. Dejar que un loco de mierda se llevase al amor de mi vida. Eso no es ser “bueno”.

-Por cierto –volví a oír aquella voz-, por mi no tienes que preocuparte...
-¿Qué? – ¿a qué vino eso?
-Yo ya te he perdonado... no tengo por que guardarte rencor, y tampoco tengo motivos para sentir odio en contra tuya... no tienes la culpa de lo que pasó...
-Esto... yo...
-Angie, es un placer poder presentarme ante ti.
-Shílveorth... Jack para los amigos.
-Jack entonces –rió un poco.
-Oye, Angie... yo...
-Ni se te ocurra pedirme perdón, ¿eh? Que me enfado –se rió con mas ganas-. Ya te dije que no tienes la culpa.
-Aun así... me siento en la obligación de pedirte perdón.

Después de decir aquello se hizo un silencio bastante incómodo. No obtuve respuesta alguna. Eso me molestó un poco pero, teniendo en cuenta lo que acababa de escuchar, era mejor callar. Me había perdonado... En serio, es la primera vez en mi vida que me pasan tantas cosas raras seguidas. Primero lo del hermano, y ahora ella. Ambos diciéndome que no me preocupe. Era como si se hubiesen puesto de acuerdo en hacerlo. Ahora en mi mente no dejaba de repetirse eso de: “Te perdonará”. Aquella frase era un eco que retumbaba en mi cabeza una y otra vez. Esa noche no pude dormir, debido al reconcome de mi cabeza. ¿Realmente me iba a perdonar? ¿Realmente se puede perdonar a alguien que atenta contra la vida de los demás? Demasiadas preguntas y ni una sola respuesta coherente. Todas eran negativas. Vamos, si yo fuese un dios y viese como alguien me pidiese perdón en nombre de aquel que intentó asesinarle, me cargaría al asesino con un rayo, en plan Zeus. Ni me lo pensaría dos veces. Aunque cuanto más lo pensaba, más agradecía que no me hubiese caído un rayo. Hubiera preferido un meteorito.

sábado, 10 de marzo de 2012

No más dolor - Capítulo 1

Capítulo 1

Como cada 17 de mayo, me dirigí al cementerio para celebrar su cumpleaños. Por el camino compré un ramo de rosas, el más bonito que había, y se lo llevé como regalo. Siempre que iba estaba solo, no había nadie más allí, y eso me hace sentir aún más la soledad. Habían pasado ya cinco años desde aquel fatídico día... en el que la perdí. Todavía me arrepentía de no haber ido yo a buscar a su hermano. Me seguía desvelando por las noches oyendo su dulce voz susurrándome al oído un "te amo", e incontables habían sido las veces que he intentado acabar con mi sufrimiento, pero no podía hacerlo... por ella. Siempre me decía que había un motivo por el que despertarse cada día con ganas de vivir a tope cada instante, cada segundo, que si algún día ella no estuviera conmigo, que siguiese adelante con mi vida. No podía continuar con ese dolor. Había perdido amigos, familia... y perdí hasta mi gato... por no poder olvidarla. Hacía meses que no pasaba por el trabajo, aunque mi jefe me dio bastante tiempo para intentar recuperarme. No podía.

-Hola mi amor –dije arrodillándome ante la fría lápida-. Te he traído tus flores favoritas... como todos los años. Sé que, a pesar de que no estas, sigues estando conmigo... puede ser obsesión, lo se, pero es que no tengo a nadie mas... Sé que pensarás: “Que coñazo de tío, que ni muerta me deja en paz”, pero es que no puedo. Todos los días recuerdo tus caricias al despertar, siento tu calor en mi piel... recuerdo esos besos que me dabas con dulzura... -se me escapaban las lágrimas-, no puedo seguir así... ya no aguanto más... voy a romper la promesa que te hice de seguir adelante... es lo único que haré que no te gustará. A lo mejor así consigo verte... una vez más...

Me levanté del suelo, secándome las lagrimas que no paraban de recorrer mi cara, y me dirigí hacia mi moto, corriendo. Arranqué y, volviendo la vista un segundo atrás, aceleré y me puse rumbo hacia el lugar en el que mi triste historia terminaría. O eso pretendía. Saltándome los semáforos, atravesando las vías de los trenes urbanos y cerrando la vista por segundos, llegué a la ansiada autopista. El dolor que sentía por la impotencia de no poder continuar mi vida hacía que tuviera mas ganas de terminar con esta, y por ello iba mirando cada dos por tres el carril que venía en dirección contraria. Aún recordaba sus últimas palabras...

*Flash Back*

-Cari, quédate aquí y termina de preparar la comida. A mi hermano le hará mucha ilusión que le valla a buscar yo.
-Pero mi amor, estamos en hora punta y habrá mucho loco queriendo llegar a casa para comer. Prefiero ir yo, que tú no conduces muy bien...
-Venga ya, si me saque el carné a la primera y tú tuviste cuatro intentos antes de obtenerlo. Además, quiero dar un pequeño paseo, que llevamos todo el día metidos en casa.
-De acuerdo... –la miré preocupado-, pero no tardes.
-Descuida –me besó-. Hasta ahora mi amor...

*Fin Flash Back*

-Mierda... ¿por qué? ¡¿POR QUÉEEEEE?!

En un arrebato de ira, me abalancé sobre los coches que venían en dirección contraria y aceleré, cerrando por completo mis ojos para no ver lo que me daba. Pero no pasaba nada y cuando abrí los ojos al fin... Otra moto venía lanzada hacía mí y no le dio tiempo de esquivarme. Chocamos brutalmente y nuestros cuerpos colisionaron en el aire en un gran impacto. Lo último que recuerdo antes de perder el conocimiento fue un sonido poco agradable: las costillas del otro motorista y las mías rompiéndose con fuerza por el choque. Después de eso no recuerdo nada. Solo sé que me desperté en el hospital, completamente vendado y enyesado, y como no... Solo. Al otro lado de la habitación estaba, el que supongo que era, el otro motorista. Él sí que tenía visita. Había dos hombres y una mujer a su lado, sosteniéndole la mano y mirándome con rabia y miedo.

-Que he hecho... –susurré para mi mismo.

¿Qué había hecho? Por culpa de mi falta de vida casi arrebaté la de otra persona. Estaba seguro de que me denunciaría por todo el daño que le había causado. Lo veía en sus miradas. Veía el desprecio y las ganas de saltarme a la yugular y estrangularme. Pero algo llamó su atención, la mano que sostenía la chica se movió, dando señales de que había despertado. A mi parecer, estaba en coma, y despertar de un coma después de un accidente como aquel era un milagro. Aquella figura balbuceó algunas palabras que no llegué a entender. No se porque, pero mi vista no quiso ver el rostro de felicidad que tenían aquellas personas al ver que su amigo reaccionaba. Para mi, aunque pareciera raro, me dolía ver la felicidad. En parte me alegraba por saber que aquel tipo seguía vivo, pero por otro lado sentía un dolor inmenso al ver que nadie se alegraba por mí, que nadie se había preocupado por mi. Eso me dolía más que las costillas que me había roto. En ese momento deseaba que realmente me hubiera muerto en aquel accidente. Bueno, accidente... intento fallido de suicidio. Je, ni eso sabía hacer bien.

Me intenté incorporar en la cama pero los putos yesos me lo impedían, y cada vez que me movía la maquinita de las pulsaciones pitaba más rápido. Menuda mierda. Alcé una de mis manos hacia el enchufe donde estaba conectada la maquina que hacía que pudiese respirar, y cuando estuve apunto de tocarlo sentí una mano posarse sobre la mía.

-Shílveorth... –una voz dulce dijo mi nombre-. Estás... vivo... –dijo entre sollozos.

Alcé la mirada y contemplé a una joven, de pelo rojo y verdes ojos, parada delante de mi, sonriendo para intentar disimular unas lágrimas que brotaban de sus ojos y recorrían sus coloradas mejillas.


-Shílveorth, ¿por qué lo has hecho? ¿Por qué has intentado matarte? -dijo apartando mi mano del enchufe-. Tú no te puedes morir. Por lo menos no en este año –todavía no llegaba a reconocer su voz.
-¿Q-Quién eres?
-¿Qué? –me miró extrañada-. ¿No me reconoces? –se llevó la mano al pecho.
-Pués... ahora mismo no... ¿Te conozco?

Aquel rostro me resultaba muy familiar pero, el rompecabezas era ya muy complicado. Trataba de encajar las piezas de mi pasado, y no encontraba la suya.

-¿Y de esto? -sacó de su camisa un colgante con un símbolo conocido-. ¿Recuerdas lo que significaba para nosotros este amuleto?
-Un momento... –ya encontré la pieza-. Tú eres... –me vino un nombre a la cabeza- Elízabeth...
-Sí, –me sonrió-, la misma. Menos mal que te acordaste. Ya empezabas a preocuparme.
-Pero... ¿tú no te habías ido a vivir al extranjero?
-Sí, y vine de vacaciones. Y por si me preguntas, me enteré de lo tuyo gracias a mi trabajo. Soy periodista, y escuché lo del accidente brutal en la autopista y me puse a investigar.
-Sigues igual de curiosa que siempre... ¿eh?
-Pues si no llega a ser por mi curiosidad, no te habría venido a visitar. Y me enteré hace poco de lo de tu pareja. No pude venir antes porque no he podido.
-Eso fue ya hace mucho tiempo... -la miré con recelo.
-Ya, pero entre el trabajo y los viajes… y mi falta de memoria para algunas cosas pues... no pude venir. Perdóname.
-No tienes por qué pedir perdón. Tú no tienes la culpa de lo que pasó. Yo sí...
-¿Cómo que tú sí?
-Si yo hubiera ido en su lugar a buscar a su hermano... ella aún estaría viva.
-Odiaba cuando te ponías así, y veo que no has cambiado. Y para colmo te has intentado suicidar hace un momento... hay algo que desconozco de ti, Shilver... ¿que ha sido de ti todos estos años?
-Pues, para serte sincero, no es la primera vez que intento suicidarme y me sale mal –señalé a la otra cama, donde seguían aquellas personas hablándole al tipo recién despierto-. Llevo cinco años aislándome del mundo. La muerte de Amy me afecto mucho. Tanto, que ni lo que queda de mi familia me habla ni me llama. Me han despedido del curro, me he quedado sin amigos… y sin gato –reí levemente-, me he quedado completamente solo. Lo único que me queda es mi moto, mi guitarra y la fría lápida de Amy en el cementerio.
-Y, ¿dónde estas viviendo? –dijo sentándose en el borde de la cama.
-Todavía sigo en aquel piso en el centro. Aunque dentro de poco empezaran a embargármelo todo. No tengo con que pagar mis pertenencias –la cara de la joven cambiaba por momentos-. Encima se me acabó el tiempo del paro y no tengo nada de donde poder sacar algo de dinero. Lo único que me queda para subsistir son los comederos sociales.
-Dios... Shílver... ¿y por qué no me llamaste? Yo podía haberte buscado algo...
-Porque perdí mi agenda. Y sabes que los móviles nunca han sido mi fuerte. Además, no me gusta dar pena a la gente.
-No es pena, so idiota. Es amistad. Los amigos se ayudan cuando es necesario ayudar.
-Da igual –aparté por momentos la mirada-. Estoy seguro de que el tipo de al lado me denunciará y, al no poder pagarle, me meterán en la cárcel.
-Pues no pienso dejar que eso ocurra.
-Da lo mismo. Es más, en la cárcel por lo menos tendré un lugar en el que dormir sin tener que pagar. Y la comida no creo que esté tan mal.
-¡NO DIGAS ESO NI EN BROMA! –se levantó gritando y apretando los puños.
-A nadie le va a importar...
-No te pego porque te rompería el collarín.
-¿A qué viene eso?
-Eso de que a nadie le va a importar que te vallas... no es cierto. Yo si te echaría de menos.
-¿Qué? Pero... tú...
-Yo soy tu amiga. Nos conocemos desde hace años, prácticamente desde que nacimos. Es NORMAL que me preocupara por tu encarcelamiento. Idiota...
-Eli... lo-lo siento... llevo cinco años solo. Es mas, hace mucho tiempo que no te veo ni hablo contigo...
-¿Tú no ves la tele o que?
-Te recuerdo que estoy desesperado por seguir viviendo. No tengo ni un puto duro, solo me queda lo que me dejaron mis padres en herencia, y no es mucho que digamos...
-Joder, Shílver –me apretó con cuidado la mano-. Pues decidido. En cuanto te recuperes te vienes conmigo.
-¿A dónde?
-A mi casa, recoges todas tus cosas y te vienes conmigo.
-Ni de coña –le respondí con un tono seco y cortante-. No pienso vivir de la caridad.
-Me da exactamente igual lo que digas, te vienes conmigo y punto.
-Que no, joder...
-Shílveorth, no pienso dejar que te ocurra nada malo. Quieras o no te vienes conmigo, y no acepto un no por respuesta.
-Ya te dije que no pienso vivir de la caridad. Y mucho menos vivir por el morro en el extranjero, que encima es muchísimo mas caro.
-Shil, que no me toques los cojones que sabes que puedo contigo.
-No me llames Shil... Sabes que no me gusta que me llamen así.
-Pues cállate y acepta mi invitación.
-Está bien... me cago en...
-Calladito la boca.
-¡Queréis callaros de una puta vez! ¡En esta habitación hay más gente! ¡¿O acaso no tenías suficiente con estrellarte contra mi hermana?! –nos gritó uno de los que estaba allí-. Maldito bastardo...

Aquellas palabras me dolían cada vez mas… me sentía cada vez mas hundido en la mierda en la que ya estaba metido. No me podía creer todavía lo que había hecho... intenté quitarme la vida y encima, en el intento... casi me llevo a alguien por delante, alguien que no tenía porqué pagar mis penas. Aquel tipo seguía soltando insultos contra mí, pero yo no podía hacer más que mirar el cuerpo inerte de “su hermana”. No pude contener las lágrimas y enseguida estas comenzaron a caer por mis mejillas llenas de vendas y cicatrices. Enseguida llegó la enfermera y comenzó a rodar la cortinita para separar la habitación en dos. Antes que aquel manto blanco tapara mi visión del otro lado de la habitación pude ver como la mano de la joven que yacía tendida en la cama agarró con fuerza la de aquel chico, y este al fin dejó de insultar y centró toda su atención y sentimiento en ella.

-Al fin se calló el tipo ese...
-Pero tiene razón, he atentado contra la vida de su hermana… en un patético e inútil intento de suicidio.
-Joder Shílver... ¿por qué lo has hecho? La vida sigue... y tú tienes que hacer lo propio. Hay más peces en el mar.
-¿Crees que no lo he intentado? –ya no pude contenerme más-, ¿crees que no he intentado olvidarla? –las lágrimas no paraban de salir y mostrar mi dolor-. No es nada fácil olvidar a alguien con el que llevas mas de quince años conviviendo... y menos si de esos quince, diez han sido de un matrimonio... ese es el mayor dolor que tengo... que estaba embarazada de un mes, joder... -lloraba sin parar, recordando que podría haber sido... padre.
-Y-Yo... -ella también comenzó a llorar-, eso yo no lo sabía...
-Claro que no lo sabías... hace mas de cinco años que no nos vemos... es normal que no lo supieras... y encima ahora esto... casi cometo el mismo error que cometió el imbécil que se la llevó... -señalé dirección a la cortina-, con ella... me siento identificado con aquel loco que acabó con la vida de Amy. Eso hace que se vuelvan a abrir las viejas heridas que todavía no habían terminado de cicatrizar.
-L-Lo siento... de verdad que no he podido venir antes... ni contactar contigo... si no créeme que lo abría hecho. Es más, te llegué a enviar algunas cartas... pero se ve que no te llegaron.
-¿Cartas? Pues... no... Y si llegaron, no creo que Amy me las ocultase. Os conocíais más que de sobra, y os llevabais bien, ¿no?
-Si, por eso lo digo. Pero muchas de esas cartas me llegaron de vuelta. No se si es que escribía mal la dirección o que fallaba algún dato.
-Pues eso yo no lo sabía...
-Disculpen... –interrumpió un medico.
-Si... –Elízabeth se secó las lágrimas con las manos-, ¿que ocurre? ¿Qué dicen los análisis?
-Si... bueno, los análisis revelan importantes y graves lesiones en el tórax, tiene usted cuatro costillas rotas y otras cinco desplazadas... hablando claro, es un milagro que siga vivo y que pueda hablar...
-Vaya, que... directo.
-Pues si, tengo que serlo, sino no se lo tomará en serio.
-¿Tomármelo en serio? ¿El qué?
-La rehabilitación. Tendrá que estar mínimo dos meses en rehabilitación.
-Joder... dos meses...
-Ánimo Shílveorth, yo estaré aquí, contigo –me agarró la mano aquella dulce mujer, que ahora volvía a sonreír-. No te preocupes, no estarás solo...
-Gracias... –le apreté la mano y sonreí-. No sabes lo que te lo agradeceré...
-Bueno, la semana que viene ya empezaremos con la rehabilitación. De momento necesita reposo, para que los huesos que le hemos recolocado vuelvan a regenerarse bien. Por eso es que vamos a dejarle inactivo una semana. Y ahora, si me lo permiten, tengo que atender a otros pacientes. Que tengan un buen día.
-Gracias doctor –le respondió ella.
-Joder, una semana aquí botado...
-Tranquilo.
-Mierda... no puedo quedarme...
-¿Por?
-El banco me va a embargar las cosas que me quedan en mi casa si no estoy allí. Tengo que ir a recogerlas...
-No te preocupes. Yo iré por ti y las guardare en mi auto caravana. Solo dame las llaves y dime donde es...
-Te portas demasiado bien conmigo a pesar de que llevamos cinco años sin vernos...
-Oye Shílver, somos amigos, ¿no? Pase el tiempo que pase lo seguiremos siendo, a no ser que nos peleemos, que entonces si que podemos dar terminada nuestra amistad –se rió sonrojada-. Pero yo no quiero que eso ocurra, así que te jodes y te vienes conmigo, ¿estamos?
-Bueno, teniendo en cuenta que me tienes contra las cuerdas y que no quiero perder mis instrumentos y mi ropa de cuero pues... vale. Me iré contigo. Pero con una condición...
-¿Cuál? –ladeó la cabeza sin entender.
-Que dos veces al año volvamos...
-¿Para qué?
-Para ponerle flores a Amy. Solo te pido eso –la miré fijamente a los ojos.
-De acuerdo. Pero ahora te pongo yo a ti una condición... -me señaló con el dedo y me picó un ojo.
-¿Una condición? ¿Si eres tú la que quiere que vaya porque me pones condiciones?
-¿Me vas a escuchar sí o no?
-Sí~, ains... dime cual es esa condición.
-Que si te vienes conmigo, hagas vida social.
-¿A qué te refieres?
-A que si te digo: vamos a salir con unos amigos, no me sueltes nada en plan: ahora no puedo, que estoy componiendo, ni mierdas de esas, ¿estamos? –frunció el cejo.
-S-Si... estamos... lo que tú digas, Eli...
-Así me gusta –sonrió como una niña pequeña-. Haciéndome caso, como tiene que ser. Jajaja.
-En fin. Gracias... de verdad... has sido la primera persona en mucho tiempo que me ha visitado, aunque no sea en las condiciones más apropiadas...
-Pues eso a partir de ahora va a cambiar, ¿vale?
-Vale... pero...
-Ains... ¿y ahora que?
-¿Qué dirá tu novio?
-No tengo novio... -me miró colorada.
-¿Qué no tienes novio? Eso si que es noticia... La reina del baile del último curso... ¿no tiene novio?
-Pues no... -se cruzó de brazos, sonrojada-. ¿Algún problema?
-No, no... ninguno...
-Pues listo. Te vienes conmigo y no se hable más –se acercó cuidadosamente a mí y me dio un suave abrazo-. Voy ya para tu casa a recoger tus cosas, vete haciendo una lista mental de lo que quieres que te coja y ahora me lo dices, ¿vale?
-Puff, eso de lista mental me va a costar... -reí.
-Tienes razón –rió ella también-, tú nunca has sido de usar la cabeza... Jajaja.
-¡Eh, pero serás...!

Salió de la habitación riéndose, con las mejillas sonrojadas y una dulce sonrisa. Elízabeth, mi mejor amiga... No se como le agradeceré todo lo que me ha dado, pero lo haré. Pero, ha pesar de todo lo bueno que me acaba de suceder, no podía quitarme de la cabeza a la chica de al lado. ¿Estaría ella también en las mismas condiciones que yo? ¿O estaría peor? Mejor no pensar en eso que luego tenía pesadillas. Mi mirada no se apartaba de la cortina que nos separaba, y en mi cabeza rondaban cosas que no me dejaban tranquilo. La culpabilidad estaba ahí, eso estaba claro, pero luego era algo como... si sintiese que la culpa no es solo mía. ¿Por qué ningún otro conductor me dio? ¿Todos me esquivaban? Ni siquiera un camión cisterna o una grúa... o una guagua... algo... Pues no, tenía que ser una pobre chica... o mujer que tuvo menos suerte que los demás al toparse conmigo sin opción a esquivarme. Ahora solo me queda esperar a que empiece con la rehabilitación y ver sí, de algún modo, puedo entablar conversación con ella y pedirle perdón, aunque no me lo dé. Ahora comienza una nueva y difícil etapa de mi vida... aunque yo hace unos instantes quería volver a intentar terminar con esta. ¿Qué me depararía el futuro ahora que sigo vivo? No lo se pero... sea lo que sea lo esperaré ansioso. Quiero ver si es mas interesante que lo que me ha pasado hasta ahora, que de seguro lo será... quitando a Amy. Elízabeth, te convertiste en mi nuevo ángel de la guarda. No te defraudaré.