Se Buscan Autores

Para todos aquellos que les guste escribir todo tipo de historias con todo tipo de contenidos, éste es su lugar: Dark Business.

Así que, si te interesa publicar en el blog tus historias, escríbeme a: KeiraLogan@gmail.com y estaré encantada de incluíros como autores.

En el mail debéis incluir la dirección de correo con la que queréis entrar y a la que os llegarán los comentarios que os dejen en las entradas publicadas. Todos aquellos que sean aceptados deberán cumplir unas normas básicas que os escribiré en un mail como respuesta al vuestro.

Bienvenidos a Dark Business

Bienvenidos a Dark Business, un blog donde podréis encontrar fanfics variados de autores diferentes.

Espero que os gusten, de verdad...

Es IMPORTANTE leer las presentaciones de los autores para saber, más o menos, su método de trabajo.

Para dudas y sugerencias que no entren en el tag (asi como peticiones para unirse al blog) mandad un email aquí: KeiraLogan@gmail.com

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Pausa general

Llevo bastante tiempo pensando, negando lo evidente, pero creo que es una gran estupidez seguir negándolo. Abrí este blog con el fin de pasar el rato, de postear mis fanfics, y después para darle una oportunidad de publicar a otros autores. Pero llevo ya mucho tiempo dejando todo esto de lado, y la mayor parte de los demás autores (por no decir todos) pasan absolutamente de este blog. Así que no me queda más remedio que hacer lo siguiente:

Este blog queda parado. No se volverá a publicar absolutamente nada (al menos mío) en una temporada.

Disculpad las molestias.

Kyara.

P.D: quizás acabe dejando este blog solo para mis publicaciones y para nadie más.
Mostrando entradas con la etiqueta Kyara. Mostrar todas las entradas
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martes, 6 de noviembre de 2012

Memories - Prólogo

Prólogo

Le veo alejarse de mí. Su ancha espalda es lo único que puedo ver. No existe nada más a mi alrededor, solo él. Su presencia me absorbe.
Pero me duele, me duele tanto que no lo soporto. El dolor me ata, ahoga mis gritos, soy incapaz de llamarle, soy incapaz de ponerme en pie y seguirle.
Los párpados me empiezan a pesar. La oscuridad invade el mundo, poco a poco. Trato de mantener los ojos abiertos, trato de mirarle, pero el agotamiento poco a poco me hace caer.
-Volveré a por ti.
Son las últimas palabras que escucho.

Memories - Ficha

Título: Memories

Argumento:
Bianca siempre ha llevado una vida de lo más normal, siempre ha sido una hija ejemplar, una buena amiga, una buena estudiante. A sus dieciocho años, tiene claro lo que va a hacer.
Hasta que un extraño se presenta ante ella y siente que le conoce de antes.
De otra vida.

Tipo: Varios capítulos
Finalizado: No
Público: mayores de 16
Temática: romance, drama, fantasía
Advertencias: muerte de personajes
Categoría del fanfic: originales
Lista de capítulos: prólogo + -

Prólogo

domingo, 28 de octubre de 2012

Strange - Ficha

Título: Strange

Argumento:
Aunque nos empeñemos en cambiar, en ser distintos a como somos en realidad, siempre seremos unos extraños...

Tipo: oneshot
Finalizado: No
Público: mayores de 18
Temática: Yaoi, drama
Advertencias: violencia
Categoría del fanfic: Anime/Manga – Durarara!
Lista de capítulos: capítulo único

Strange

miércoles, 27 de junio de 2012

Cautiverio - Capítulo 01 - Piratas

Capítulo 01. Piratas

[Lovino]

-Buenos días, señorito. Espero que haya dormido bien.
Ésa era la frase con la que despertaba cada día. Las sirvientas siempre hacían lo mismo: desearme buenos días, abrir las cortinas y las ventanas, traerme una jofaina con agua fresca y retirarse una vez yo estuviera despierto del todo. Una vez solo en la habitación, yo también hacía siempre lo mismo. Me lavaba la cara para despejar, me vestía con lo primero que pillaba y salía al balcón de mi habitación para observar el jardín de la mansión en la que vivo con mi hermano y, a lo lejos, el mar y las leves olas que alteran su superficie.
Efectivamente, los únicos que vivimos en esta mansión somos mi hermano, Feliciano, y yo, a parte de todo el servicio. Cuando éramos pequeños, nuestros padres nos dejaron al cuidado del servicio para ir de viaje de negocios a un lugar que no sabía situar aún en el mapa. En teoría, el viaje de ida y vuelta tan sólo duraba una semana, y no iban a estar mucho tiempo tampoco en ese lugar, así que se les esperaba en casa después de una semana y media. Pero nunca volvieron. Ni mi hermano ni yo conocimos los detalles sobre lo sucedido, pero sí sabíamos que el barco en el que viajaban se hundió, nada más.
En aquél entonces, yo contaba ya con seis años, pero Feliciano tan sólo tenía cuatro. Soy el único de los dos que, después de diez años, recuerda los rostros de nuestros padres, aunque con el paso del tiempo ambos se han vuelto borrosos.
Tras unos minutos en el balcón tratando de rememorar tiempos pasados, y como todos los días, iba al comedor de la planta baja para desayunar y, después de haber terminado, salía a dar un paseo por el amplio jardín que se extendía por la parte delantera y los laterales. Cada poco me encontraba con alguno de mis sirvientes, que siempre me dedicaban un “buenos días” o un “espero que pase un buen día, señorito”. Siempre era igual, y siempre respondía con un “buenos días” y un “gracias, (nombre del sirviente)”. Al fin y al cabo, ¿cómo no les iba a responder con frases así? Llevan cuidando de nosotros desde pequeños.
Después de dar un paseo por los jardines, solía bajar al pueblo con una de mis sirvientas, Anna, y mi hermano Feli a hacer la compra. Me gusta escoger personalmente los alimentos y sobre todo la fruta que se sirven en mi casa. Nada más terminar de comprar, mi hermano y yo solemos ir al puerto y después a la playa a pasar el rato hasta la hora de la comida. Es una especie de parada obligatoria, siempre nos detenemos en el mismo lugar en el que despedimos a nuestros padres al partir. De alguna manera, aún esperamos a que vuelvan y nos abracen, nos cubran de besos y nos acompañen a casa cogidos de la mano. Pero los dos sabemos que eso es imposible.
Una vez en la mansión, después de comer, solemos ir a visitar a algún amigo para charlar un rato y merendar, o recibimos visitas en nuestra propia mansión. Es una de las formas que tenemos Feli y yo de evadirnos de todo lo demás. Si no hay nadie a quien visitar o que nos visite, solemos aventurarnos en el bosque que hay justo detrás de la mansión. De pequeños nos aterraba entrar a ese lugar tan oscuro y siniestro, o aquello pensábamos del lugar de pequeños, pero con el paso de los años ese miedo se convirtió en una creciente curiosidad que nos empujaba a adentrarnos más y más, a evadirnos de esa forma de todo.
Obviamente, tampoco solíamos quedarnos hasta muy tarde, si algo no ha cambiado durante todo este tiempo respecto al bosque es la extraña sensación que nos invade al estar ahí de noche. Así que, cuando el sol cae hasta la línea del horizonte, nos apresuramos a volver a la seguridad de nuestra casa a prepararnos para la cena.
Y después de cenar, volvía a ir al balcón. El sonido del mar siempre me ha relajado, incluso de bebé me dormía con ese sonido de fondo. Ese sonido se convirtió en lo único capaz de hacernos dormir a mi hermano y a mí tras la muerte de nuestros padres. Ésta siempre fue mi habitación, pero la de Feli daba al otro lado de la mansión, al bosque, así que tras todo lo ocurrido entonces se habilitó una habitación al lado de la mía para que el sonido le ayudase a dormir.
Así que, tras unos largos minutos en el balcón, volvía a entrar en la habitación y, después de cerrar la puerta que daba al balcón y de correr las cortinas, me metía en la cama y no mucho después caía rendido al sueño.
Más o menos ésa era mi rutina de todos los días. Una rutina completamente aburrida y repetitiva, tanto que, en secreto, anhelaba cambiar mi vida por la de cualquier otro, salir de mi mansión, dejarlo todo atrás y vivir una vida completamente diferente. Lo único que me ataba a ese lugar era mi hermano, y siempre pensé que, de presentarse la oportunidad, me lo llevaría conmigo sin dudarlo, apartándolo de aquel lugar tan lleno y a la vez tan vacío de recuerdos, amargos y buenos.
No debería haberlo deseado nunca.
Los gritos fue lo primero que oí aquel día al despertarme. Gritos de pánico, de terror, llenos de un miedo tan profundo que lo sentí recorriendo mi piel como un escalofrío. Ya estaba en pie y descorriendo las cortinas cuando algunas de mis sirvientas entraban en mi habitación, y supe la razón de todos esos gritos antes de que a ellas les diese tiempo a hablar. Algunas de las casas más cercanas al puerto estaban en llamas, la gente corría por el pueblo, huyendo, y en el mar, a no mucho de distancia del pueblo, podía verse un barco. Un barco pirata. Soy capaz de distinguir la bandera negra con la calavera y los huesos cruzados bajo ella con claridad.
Un instante después, sé lo que tengo que hacer. O al menos, eso creo.
-¡Señorito! Hay que hacer algo, los piratas...-comienza Anna, pero la interrumpo, girándome hacia ella con un gesto serio en el rostro.
-Tenéis que huir, no podéis quedaros aquí. Llevaos a mi hermano. Si atravesáis el bosque que hay tras la casa podréis huir y ocultaros con facilidad, y siempre que os llevéis comida y agua podréis ocultaros durante un largo período de tiempo. Pero tenéis que iros ya.
-Pero señorito, ¿y usted?
No sé qué contestar. ¿Qué haré yo? ¿Acaso tengo la fuerza -y la estupidez- necesaria para enfrentarme a los que se dirigen a la mansión? Porque no hay duda de que vendrán, la mansión es perfectamente visible desde el pueblo, no es como si pudiese pasarse por alto. Pero alguien los tiene que distraer, alguien tiene que hacerles perder el tiempo suficiente como para que los demás sean capaces de huir. Y entonces encuentro la respuesta a ello. Sólo yo soy capaz de hacerlo. Sólo yo puedo evitar que acaben con la vida de mi hermano.
-Lovino...
Su voz me saca de mis pensamientos. Veo a Feliciano apoyado en el marco de la puerta, esperando a que diga algo, con una expresión seria en el rostro. Mi querido hermanito. Tan sólo le he visto con esa expresión una vez, cuando llegaron noticias sobre nuestros padres. Habitualmente está con una sonrisa despreocupada en el rostro, riendo, aunque esa risa se apagó durante un par de años sin que pudiera evitarlo. Me costó muchísimo tiempo volver a hacerle sonreír, y no permitiría que algo o alguien le volviese a robar esa sonrisa.
Aún recuerdo cuando éramos niños, cómo venía corriendo a mí cada vez que le pasaba algo. Cómo se reía cuando le ayudaba con lo que necesitaba. Cada vez que tenía una pesadilla, era a mí a quien recurría, metiéndose en mi cama para pasar el resto de la noche acurrucado a mi lado. Y al crecer, yo era el único en el que confiaba, el único al que le contaba las cosas que le preocupaban. Fui al único al que le contó que echaba de menos a papá y mamá, aunque no era capaz de recordarlos.
Por un momento le vuelvo a ver con ocho años en vez de catorce, asomándose por la puerta de mi habitación, con los ojos llorosos tras una pesadilla, pidiéndome permiso para dormir en mi cama. Le vuelvo a ver indefenso, y siento que debo protegerle me cueste lo que me cueste.
-Feli-le digo, con la voz completamente calmada-, quiero que vayas con Anna y los demás al bosque-veo una sombra de miedo en su mirada, aunque no se a qué le teme más, si a los piratas o al bosque-. Conoces los caminos y lugares donde ocultarse mejor que cualquier otro. Tienes que ocultarte, no puedes dejar que os encuentren.
-¿Y tú que vas a hacer, Lovi?-me pregunta sin apartar la mirada
Trago saliva, soy incapaz de contárselo. Si le cuento lo que voy a hacer, se por experiencia que hará lo que sea para no apartarse de mi lado, y es precisamente eso lo que necesito en estos momentos. Me giro brevemente hacia la ventana y los veo, acercándose cada vez más a la mansión. Tengo que darme prisa.
-No te preocupes, yo iré detrás. Iros ya, tenéis poco tiempo.
En ese momento, Feliciano corre hacia mí y me abraza con fuerza. Yo trato de alejarlo, pero al final cedo.
-No tardes en venir, Lovi...-se aparta ligeramente-. Te esperaré en el escondite de siempre, no tardes en venir.
-No tardaré, te lo prometo-digo, revolviéndole el pelo.
Feli se aparta de mí y se va corriendo con Anna y los demás. Yo me quedo de pie frente a la ventana, temiendo no ser capaz de cumplir esa promesa. Cuento hasta diez y salgo corriendo de mi habitación, lo primero de todo es conseguir algún tipo de arma o cualquier cosa con la que defenderme y a la vez distraer a los piratas. En la cocina me hago con algunos cuchillos que guardo en mi cinturón y, al pasar corriendo frente al estudio me detengo de golpe. Miro fijamente la escopeta que usaba mi padre cuando iba de caza. La cojo con cuidado y noto que pesa: tras tantos años de desuso aún está cargada.
Me la echo al hombro con cuidado, teniendo presente que tan sólo tengo un disparo y que tendré que esperar el momento oportuno para gastarlo. Entonces, a lo lejos, escucho voces. Ya han llegado. Sé que no debo salir directamente por la puerta principal, ningún idiota lo haría en esta situación, así que abro con cuidado la ventana del estudio y la atravieso para salir al jardín. Después, vuelvo a cerrarla. Miro al cielo; por suerte para mí la luna está más cerca de ser luna nueva que llena, lo que me da una ventaja sobre los piratas: no solo no seré visto con facilidad, sino que ellos no conocen el jardín tan bien como yo.
Salgo corriendo tratando de hacer le menor ruido posible hasta llegar casi a la parte delantera y me asomo con cuidado por la esquina. No son más que cinco piratas. No creo que me sea fácil acabar con ellos, pero por lo menos son tan sólo cinco. Les oigo hablar.
-Lo más seguro sea que estén todos durmiendo, será fácil entrar y hacernos con todo lo que queramos.
-Sí, y si además los dueños tienen alguna... jovencita en casa, siempre podemos aprovechar la situación.
-¿Y si tienen un crío?
El segundo que habló suelta una carcajada.
-Ya sabes, en tiempos de necesidad, cualquier agujero es válido, ¿no crees?
Esa frase me hace apretar los dientes, furioso. Me alegro de haber enviado a mi hermano con los demás a esconderse. Llevo la mano a uno de los cuchillos y apunto al desgraciado violador. Estoy seguro de mi puntería, más de una vez me he dedicado a lanzar cuchillos por aburrimiento, aunque nunca contra otra persona. Noto mi mano temblar, pero respiro hondo y me digo a mi mismo que tengo que hacerlo, que si no lo hago no podré salvarle.
Lanzo el cuchillo, que se clava en el cuello del hombre, y salgo corriendo. Los otros cuatro se sobresaltan y miran al lugar del cuál salió el cuchillo, pero yo ya estoy en otro lugar con otro más en alto. Lo lanzo y le acierto en la mitad de la espalda a un tipo que acababa de sacar una pistola. Los tres que quedan desenvainan la espada y se giran, pero yo he vuelto a cambiar de lugar. Noto mis sentidos más agudos, mis reflejos que parecen mejorar. Vuelvo a lanzar otro cuchillo y acabo con uno más. Tan solo quedan dos.
-¡Seas quien seas, no seas cobarde y da la cara!-vocifera uno de ellos
Yo le ignoro y salgo corriendo, buscando otro lugar desde el cuál tirar un cuarto cuchillo. Lo encuentro y acabo con el cuarto, solo queda uno más, uno más y podré ir corriendo al bosque detrás de mi hermano. Me echo la mano al cinto justo para darme cuenta de que no me queda ningún cuchillo, tan solo cuento con el único tiro de la escopeta de mi padre. Y es entonces cuando el pánico me invade. Yo no se manejar una escopeta, nunca supe, nunca quise aprender. Tengo miedo de fallar, de no acabar con el que queda y que vaya tras mi hermano después de acabar conmigo. O que vaya a por más gente y no sea capaz de acabar con ellos.
Mientras apunto al hombre con la escopeta noto cómo mis manos vuelven a temblar, y ésta vez no tengo forma alguna de calmarme. ¿Qué demonios voy a hacer? Y es entonces cuando me doy cuenta del error cometido. No he cambiado de lugar, el que queda me ha visto. Veo cómo una horrible sonrisa se dibuja en su rostro al mirarme, llena de odio y rencor. De humillación.
-¿Así que tú, un maldito mocoso, ha acabado con cuatro de mis compañeros?
Avanzo un poco, apuntándole. Trato de calmarme, pero mis manos siguen sin hacerme caso. El miedo se apodera de mí.
-¿Ahora vas con una escopeta? ¿A caso te has quedado sin cuchillos?-se ríe-. Muchacho, no pareces ser capaz de usar eso, ¿me equivoco?-el temblor de mis manos se lo confirma.
-Levanta las manos-consigo decir, tratando de ocultar mi miedo-. Tira el arma y vete, si te vas no acabaré contigo.
-¿Y si no lo hago? ¿Me matarás?-se ríe, pero me hace caso-. Mira, muchacho, te mataría con mis propias manos si pudiese, pero tengo órdenes del capitán de dejar con vida a todo aquel que tenga talento como asesino-la simple palabra me asusta-. Sí, como asesino, y tú lo tienes. Por lo tanto, no puedo matarte.
-¿Entonces qué harás? ¿Te irás de aquí?
El pirata sonríe de forma siniestra.
-No, tú vendrás con nosotros.
Es lo último que escucho antes de caer al suelo, derribado por un golpe que recibo en la nuca. Después, todo es oscuridad.

viernes, 22 de junio de 2012

Cautiverio - Prólogo

Prólogo

Siempre creí que era una persona fuerte, alguien del tipo que puede aguantar todo lo que le echen sin temor. Y se podría decir que aguanté muchas cosas, tanto durante el tiempo que pasé en mi hogar como el tiempo que pasé contigo.
Pero ahora tengo miedo.
Por alguna extraña razón, nos encontramos en una situación en la que no podemos ver el futuro, ni el tuyo ni el mío. Y eso me aterra, porque no se lo que va a pasar con nosotros. Y daría cualquier cosa por atisbarlo, aunque fuesen tan sólo unos segundos.
Pero por desgracia, lo único que puedo ver ahora es tu rostro frente al mío.
Y mis manos cubiertas de tu sangre.

jueves, 21 de junio de 2012

Cautiverio - Ficha

Título: Cautiverio

Argumento:
Lovino vive una vida tranquila y normal, una vida perfecta, sin preocupaciones... hasta que su mundo se ve alterado por un pirata español.

Tipo:
fanfic corto

Finalizado: no
Público: mayores de 16
Temática: yaoi, drama, romance
Advertencias: sexo explícito, violencia, violación
Categoría: manga/anime – Hetalia Axis Powers
Lista de capítulos: prólogo

00. Prólogo 
01. Piratas 

lunes, 21 de mayo de 2012

Dos Espadas - Capítulo 06

Capítulo 06

No podía creer lo que estaba viendo justo delante de sí. Tampoco podía dejar de preguntarse qué hacía el inglés ahí.
Sin poder levantarse de la cama, y ni siquiera de mover un solo músculo, le observó mientras atravesaba la ventana con cuidado y después la cerraba tras él tratando de no hacer ningún tipo de ruido. Un momento después, Arthur estaba de pie frente a él, mirándole con gesto serio en el rostro. Se miraron el uno al otro en silencio durante unos minutos, sin moverse. Hasta que Antonio fue capaz de hablar.
-¿Qué demonios haces tú aquí?-le recriminó en voz baja- ¡Se supone que tendrías que estar metido en un barco y alejándote de la ciudad!
Arthur simplemente se acercó un poco más, justo en un lugar en el que las llamas de la chimenea le iluminaron, permitiendo a Antonio observarle con tranquilidad. Había cambiado las prendas que llevaba cuando le había capturado por otras, que a saber dónde había encontrado, lo más seguro era que las hubiese robado, pero aún conservaba tanto la chaqueta como la espada que le había dado en la celda, y eso a la vez le alegraba y le confundía. Al ver que Arthur no decía nada, repitió la pregunta.
-Bueno, ¿vas a decirme qué haces aquí o no?
Pero el rubio no respondió. Siguió mirándole a los ojos, completamente impasible. Trató de distinguir algo en los ojos verdes del otro, pero se topó con un muro que le impidió ver más allá, haciéndole preguntarse por los motivos del otro. ¿Y si había ido a matarle? ¿O era otra cosa? Aunque empezaba a decantarse por la primera opción, sobre todo después de fijarse en que la mano de Arthur reposaba sobre la empuñadura de la espada, aferrándola firmemente.
En ese momento deseó con todas sus fuerzas que el otro fuera capaz de ver en su mirada todo aquello que había descubierto el día anterior. Tal vez eso le salvara.

[Punto de vista de Arthur]

No tenía ni idea de qué iba a decirle. Al fin y al cabo, ¿para qué había ido en realidad? Por mucho que necesitase verle, no tenía ninguna razón para ello en concreto. Tal vez simplemente quería mirarle de nuevo a los ojos. Tal vez, porque quería estar a solas con él. O tal vez...
No sabía qué pensar. No tenía ni idea de lo que realmente quería, aun estaba confuso. Si bien las palabras de Lilith habían conseguido que se diese cuenta de que le necesitaba, ahora que estaba frente a él no sabía que demonios iba a hacer. Las manos le temblaban levemente, así que aferró con más fuerza la empuñadura de la espada. Ah, la espada. Respiró hondo y comenzó a buscar las palabras necesarias. Ésa sería su vía de escape.
Se dio cuenta de que Antonio seguía mirándolo a los ojos con fijeza, así que se aclaró la garganta y rezó para que las palabras no quedasen atascadas.

[Punto de vista de Antonio]

Le observó durante un tiempo, esperando a que Arthur consiguiese articular alguna palabra. En el fondo, se estaba divirtiendo al verle debatirse y, se sintió aliviado al comprobar que la opción que había pensado antes fuera equivocada.
Finalmente, Arthur consiguió hablar, y las palabras que salieron de sus labios no le sorprendieron.
-Vine a devolverte esto-dijo Arthur, tendiéndole la espada.
Siguió mirándole fijamente, impasible. ¿De verdad se había arriesgado tanto sólo por devolverle la espada? Generalmente no entendía lo que pasaba por la cabeza del inglés, y esta vez no era una excepción. Se puso en pie lentamente y se acercó a él.
-Ya no es mía-contestó, colocando la mano en la vaina, en contacto con la mano de Arthur, empujándola hacia él-. Quédatela, es tuya. Y ahora, por lo que más quieras, vete. A ninguno de los dos nos haría gracia que te descubrieran aquí.
Arthur le miró a los ojos, y pudo ver varias cosas a la vez: confusión, tristeza, melancolía... y decisión.
Poco a poco, apartó la mano y se giró, dispuesto a volver a sentarse.
Pero no le dio tiempo.
Escuchó el golpe de la espada contra la gruesa alfombra que cubría el suelo. Pudo ver cómo el rubio se abalanzaba sobre él.
Y al instante siguiente, los labios del inglés besaban los suyos con furia.
No pudo evitar sorprenderse. Ni tampoco pudo evitar que su cuerpo reaccionara rodeándole con los brazos y correspondiendo a esos labios con fuerte sabor a té negro con la misma furia del otro. En ese momento, pudo sentir la confusión del otro, pero en ningún momento se separaron.
Los dedos de Arthur se entrelazaban en su cabello, tironeando de él ligeramente con insistencia, mientras sus propias manos no dejaban de recorrer la espalda del otro. Sin embargo, el aire se agotaba, lo que les obligó a separarse. Antonio llevó ambas manos a las mejillas de Arthur y le obligó a mirarle a los ojos. Pudo sentir perfectamente el calor de las mejillas enrojecidas, y notó que las suyas estaban exactamente igual.
-Arthur...-consiguió decir, después de unos momentos sin habla. El otro le miró, y fue entonces cuando Antonio sonrió con picardía-. ¿Tanto te gustó lo del otro día que, en vez de huir, has venido a por más?
Le notó tensarse entre sus manos, y sus ojos destellaron con furia. Con los dientes apretados, Arthur se dio media vuelta, separándose del castaño, y se dirigió a la ventana mientras murmuraba, aunque de forma audible “maldito bastardo español”. Sin poder evitar reír, salió tras él y le sujetó por el brazo para detenerle.
-Lo siento Arthur, pero es que es lo que parece-trató de detener la risa lo más rápido que pudo, pero se le cortó de pronto al escuchar las palabras dichas por el otro.
-¿Y si te dijera que es por eso?
En un principio creyó que se lo había imaginado, pero al ver las mejillas del rubio, aún más rojas, si eso era posible, que antes, confirmó que no habían sido imaginaciones suyas.
Arthur se dio de nuevo la vuelta, no sólo para mirarle a los ojos, si no para volver a rodearle el cuello con ambos brazos y besarle, pero esta vez de forma más calmada, y de forma muy breve.
-Y espero, bastardo, que esta vez no te quedes a la mitad.
Una vez más, Antonio estalló en carcajadas, y acto seguido pegó su frente a la del inglés, sonriendo.
-No te preocupes. Además, esta vez tengo toda la noche para ello.

[Punto de vista de Arthur]

Se sorprendió a sí mismo con el hecho de haber admitido tan fácilmente la razón por la que había vuelto. O, por lo menos, una de ellas. No creía que fuese capaz de admitir todas las demás. No sólo era porque le había gustado lo que había pasado en la celda o porque quería que continuase. También era porque echaba de menos sus ojos. Y sus manos. Sus caricias. Su pelo castaño. Sus labios, y la sensación de tenerlos sobre su piel. Además, por fin había sido capaz de probarlos, y definitivamente no había quedado decepcionado. Más bien todo lo contrario. Necesitaba más, quería más, y lo quería ahora. Así que simplemente le volvió a besar, sintiendo las manos del castaño deslizándose hasta su cintura y pegándole a su cuerpo.
Pero quería más, así que decidió tomar un poco la iniciativa, obligando a Antonio a retroceder hasta chocar con los pies de la cama y haciéndole caer de espaldas sobre la misma. Aun así, los labios de ambos siguieron unidos en aquél beso, que solo se detuvo un breve instante para tomar aire. Arthur disfrutó el estar sobre el español, aunque para su desgracia no duró mucho, ya que Antonio pronto estuvo sobre él.
Su rostro estaba completamente serio, y no había ni tan siquiera un resquicio de duda en sus ojos, aunque el hambre voraz que amenazaba con devorarle estaba ahí, prácticamente al alcance de la mano. Pero ésta vez no tenía ningún temor a ser devorado. Es más, todo su ser estaba no solo pidiendo sino rogando por ser devorado por esos labios y ese cuerpo.
-Esta vez no hace falta encadenarte, ¿no?-dijo el castaño con sorna, sujetando las muñecas del inglés contra la cama por encima de su cabeza.
-Creo que es evidente que no, ¿no crees? ¿O tal vez preferirías estar encadenado tú? Porque eso se podría arreglar-Arthur se pasó la lengua por los labios.
-Eso no va a ser posible-Arthur notó cómo Antonio apretaba un poco más sus muñecas-, llevo demasiado tiempo queriendo esto-acercó su rostro al del otro-, y no dudes en que tomaré medidas si alguien llega a interrumpirnos.
Una carcajada escapó de los labios de Arthur que pronto fue sustituida por un suave gemido al notar los labios de Antonio en su cuello, y aumentó de intensidad cuando éste mordió la misma zona. Ésta vez pudo notar que los estremecimientos eran de deseo y pasión en vez de miedo, e internamente deseó que no acabasen nunca.

[Punto de vista de Antonio]

Lamió la zona del cuello donde le había mordido y se dispuso a atacar el lado contrario. Por fin había conseguido escuchar los gemidos de Arthur, y había quedado completamente extasiado con ellos hasta el punto de querer escucharlos muchas veces más.
Comenzó a desabotonar la camisa de Arthur, dejando una vez más al descubierto su piel suave y clara. Deslizó sus manos por ella, deleitándose con el tacto de aquella piel, y al llegar a los pezones, los pellizcó ligeramente, haciéndole estremecer. Siguió jugando con ellos durante un rato más para después lamerlos y morderlos mientras sus manos se deslizaban por la suave piel de su vientre.
-Antonio, my dear, tardas demasiado-dijo Arthur, y de pronto Antonio se encontró tumbado boca arriba en la cama con el inglés sentado encima de él-. ¿No crees que deberías darte un poco más de prisa?
-Me gusta tomarme las cosas con calma, así puedo disfrutar más a fondo.
Arthur rió, y después se inclinó sobre él.
-Ya, pero me tienes ganas, tantas como yo a ti, so... ¿por qué esperar?

[Punto de vista de Arthur]

Pudo ver la sorpresa en los ojos de Antonio nada más empezar a desabotonar su camisa. Él también quería divertirse, ¿o a caso no podía? Así que apartó todo lo que pudo la tela blanca y contempló la piel morena con deleite para justo después acariciarla y sentir la necesidad de querer más. Se adelantó un poco más y mordió el cuello del español, lamiendo después la misma zona, y sintió las manos de él situarse en su cintura.
-Antonio, ¿no me digas que al final vas a acabar debajo? Con lo seguro que estabas que sería yo quien lo estaría-rió, y mordió el otro lateral del cuello.
-¿Quién te ha dicho que te voy a dejar quedar arriba?
Las manos de Antonio se deslizaron hacia arriba y le arrebataron la camisa al inglés, dejando su torso completamente desnudo y expuesto ante sus ojos verdes y sus manos hambrientas. Pero no se detuvo ahí, ya que con esa misma camisa ató sus manos y le hizo tenderse sobre la cama cuan largo era.
-¡Antonio! What the hell...?-trató de resistirse, pero el castaño ya estaba encima de él.
-No es que no confíe en ti, pero ahora mismo prefiero tenerte atado y debajo. Aun así, tan sólo será un momento.
El español deslizó una mano desde su cuello hacia abajo, justo hasta la cintura del pantalón. Arthur se estremeció con el contacto, pero no temía lo que iba a hacer, ya que se imaginaba cuáles serían sus siguientes acciones. Alzó un poco la cabeza para ver mejor, y pudo observar cómo Antonio iba desabrochando poco a poco su pantalón para después retirarlo y dejar su cuerpo completamente al desnudo. Y, sin una palabra al respecto, Antonio simplemente tomó su miembro entre sus manos y comenzó a lamerlo poco a poco, haciéndole gemir con fuerza. Se cubrió la boca con las manos atadas a fin de no dejar escapar esos gemidos, pero de pronto se encontró con la mano de Antonio apartándolas.
-Déjame oírte.
Y sin más, mientras sujetaba sus manos con una de las suyas, usó la otra para acariciar su miembro con suavidad, provocándole aún más gemidos. Al principio lo acariciaba con suavidad, pero al poco aumentó el ritmo, haciendo que sus gemidos fueran en aumento. Pero no acabó ahí, ya que el español no le dejaba acostumbrarse al ritmo, cambiando éste cada poco. Arthur, aun gimiendo, miró los ojos de Antonio fijamente para descubrir que el hambre los desbordaba, a la vez que el deseo.
-Antonio... please... I want something more than this...-dijo, y de pronto se deshizo del español y se situó encima de él-. Espero que esto te guste.
-¿Qué se supone que vas a hacer?-dijo el otro
-Esto.

[Punto de vista de Antonio]

No le agradaba mucho la idea de que el inglés tomase la iniciativa, pero por una vez le dejó. Le permitió quitarle el resto de la ropa, aun con sus manos atadas, y al terminar, deshizo las ataduras para dejarle moverse libremente. Tras una sonrisa de parte del rubio, éste comenzó a lamer su miembro, ya erecto, devolviéndole el trato recibido anteriormente. Aunque no duró mucho, ya que había perdido la paciencia. Necesitaba más, y no estaba dispuesto a esperar.
Así que se movió, apartando al inglés de sí, para después colocarse de nuevo encima de él y abrir sus piernas. No sabía muy bien que hacer, pero no quería hacerle daño, no aún por lo menos, así que le pidió ayuda con la mirada.
-¿No sabes qué hacer, Antonio?-dijo Arthur con sorna, para después tomar una de sus manos y lamer sus dedos con la lujuria pintada en la mirada.
Lo entendió al instante. Llevó sus dedos humedecidos a la entrada del otro e introdujo uno de sus dedos. Notó un temblor en el cuerpo del otro, a la vez que un resquicio de dolor en su rostro, pero al instante siguiente éste había desaparecido. Movió poco a poco el dedo en su interior en círculos, y al poco introdujo un segundo dedo, provocando un nuevo estremecimiento en el otro. Cuando introdujo un tercer dedo, el rostro de Arthur no mostraba dolor alguno, sino placer, y fue entonces cuando consideró que estaba preparado.
Retiró los dedos, recibiendo una mirada de reproche del inglés, a la que respondió con una sonrisa. Y acto seguido, introdujo su miembro en la estrecha entrada del rubio.

[Punto de vista de Arthur]

Sintió dolor, y no pudo evitar gritar. Amortiguó el sonido con ambas manos, al fin y al cabo si hacía mucho ruido tal vez les escucharan, y no quería ser interrumpido. No ahora, que tenía a Antonio dentro. No ahora que podía sentirle por completo.
Una vez más, las manos de Antonio apartaron las suyas, pero esta vez el español las colocó alrededor de su cuello, dándole un lugar al que aferrarse. Esperó un poco sin moverse, y cuando Arthur se acostumbró, se lo hizo saber. Antonio se movió en su interior, primero poco a poco, tratando de no dañarle, haciendo a Arthur gemir.
-Si vas a hacerlo así, podemos tirarnos incluso un día entero y no terminar para entonces-soltó Arthur de pronto con una leve carcajada
-¿Y no es eso lo que te gustaría?
-Lo que me gustaría es que me dejaras a mí encima, pero como no es posible, simplemente hazlo más rápido, o me vas a matar de impaciencia.
Antonio soltó una carcajada y, tras eso, aumentó el ritmo de las embestidas, aunque no tanto como al inglés le gustaría. Aun así, no se quejó. Se aferró con más fuerza a él y movió sus caderas a fin de hacerle llegar aún más al fondo, y dejó escapar gemidos en su oído. Quería que le escuchara bien, y quería que le escuchara gemir su nombre.
Las embestidas aumentaron a la vez que los gemidos de Arthur en el oído de Antonio y los arañazos en su espalda. Acto seguido, sus labios buscaron los del castaño, y aprovechando la guardia baja del otro, hizo girar sus cuerpos y se colocó encima.
-¿Arthur?-soltó el español, sorprendido
Por toda respuesta, Arthur le guiñó un ojo y comenzó a moverse encima de él, apoyándose en su pecho. Las manos de Antonio se deslizaron por sus piernas hasta llegar a sus muslos, donde las dejó reposar unos instantes.

[Punto de vista de Antonio]

Simplemente no podía dejar de mirarle, de recorrer con sus ojos su piel, su torso, su cuello, sus mejillas enrojecidas y sus ojos entrecerrados. Tampoco dejó de fijarse en sus labios, ligeramente entreabiertos. Todo de él le hipnotizaba. Alargó una de sus manos y acarició con suavidad los labios de Arthur, notando su aliento cálido y entrecortado. No sabía cómo había podido vivir hasta ese momento sin sentirle de aquella forma.
Deslizó la mano desde sus labios hasta su mejilla y atrajo su rostro para poder besarlo con pasión, sin interrumpir el ritmo marcado por el rubio. Pero ya iba siendo hora de que él retomase el control, así que una vez más aprisionó el cuerpo de Arthur contra la cama, a la vez que aumentaba aún más el ritmo de las embestidas. Los gemidos del inglés fueron en aumento, y volvió a aferrarse a su espalda, dejando varias marcas más de arañazos.
Y entonces lo notó, ahí estaba. Profundizó las embestidas y entrelazó sus manos con las de Arthur, el cuál las apretó con fuerza.
-Antonio... there it is... now... faster!
Haciendo caso a sus peticiones, aumentó el ritmo hasta el límite y besó y mordió sus labios una vez más, ahogando por unos instantes sus gemidos. Acto seguido, echó la cabeza hacia atrás, gimiendo, llegando al clímax a la vez que Arthur, dejándose caer después sobre él. Tras unos momentos en los que las respiraciones de los dos estaban agitadas, Antonio se tumbó al lado del inglés, más calmado. Su mirada se dirigió entonces a Arthur, el cuál también le miraba fijamente. Su pecho subía y bajaba casi con normalidad, al ritmo de su respiración, y se agitó con su suave risa.
-¿De qué te ríes?-preguntó, intrigado por su risa
Arthur soltó otra carcajada y se giró.
-De que nunca creí que acabaría así contigo... Que suerte tengo que esto haya pasado.
-¿Tu crees?
-¿A caso no es lo que tú piensas?
-Heh. La verdad...-hizo una pausa
-¿La verdad, qué? No me dejes con la intriga, bastardo.
Antonio rió y rodeó la cintura de Arthur con sus brazos para luego besarle.
-La verdad... es que si. Ahora, si no te importa, me gustaría descansar. Mañana tengo que salir a buscarte y traerte a rastras para que te ejecuten, aunque para entonces, y con un poco de “suerte”, ya estarás lejos de aquí.
-¿Cómo que “suerte”?
Antonio sonrió ampliamente y apoyó su frente contra la de él.
-Tengo un plan.

jueves, 1 de marzo de 2012

Dos Espadas - Capítulo 05

Capítulo 05

[Punto de vista de Arthur]

No podía creerse su mala suerte.
Primero, una batalla (no deseada) contra los españoles. Segundo, había sido lo suficientemente idiota como para dejarse capturar por Antonio. Tercero, una sugerencia estúpida por su parte. Cuarto, a punto de ser violado por ese maldito español. Quinto, estaba atrapado en territorio español y no tenía ni la más remota idea de cómo demonios salir de ahí sin ocupar una caja de pino.
Por lo menos había podido escapar con vida.
Aún no era capaz de entender cómo había conseguido salir del edificio sin ser visto por los guardias. Simplemente no había parado de caminar hasta encontrar un sitio donde ocultarse, sin saber muy bien dónde estaba.
El cansancio era, aunque le pareciese completamente irreal, prácticamente insoportable. Todo lo sucedido durante la batalla y después de la misma le había dejado extenuado, tanto física como mentalmente. Sobre todo la última parte. Los recuerdos sobre ello trataron de nublarle la mente, pero aunque el cansancio era demasiado, consiguió mantenerlos a raya. No podría permitirse desconcentrarse, no en ese momento.
Buscó prácticamente a tientas un lugar donde pasar la noche, oculto de miradas indeseadas. No supo cuánto estuvo buscando, pero al final encontró un recoveco entre unos arbustos y lo que parecía un muro derruido. Trató de acomodar un poco el lugar, lo suficiente como para poder descansar y, una vez se cercioró de que nadie le podría ver hasta estar prácticamente frente a él, se dejó invadir por el sopor.
Al despertar, no tenía ni idea de cuánto tiempo había pasado durmiendo, pero le pareció toda una eternidad. Trató de moverse. Por la sensación de hambre y el agarrotamiento de sus músculos, era probable que hubiese dormido un día completo, tal vez incluso un poco más. Pero seguía sin tener ni idea de dónde se encontraba.
Al incorporarse y salir de su improvisado escondite los rayos del sol le hicieron entrecerrar los ojos para ver mejor. No debía de ser más allá del mediodía. Fue entonces cuando se dio cuenta de que había acabado en el patio de una casa (para su suerte) abandonada.
-Bueno, algo es algo.
Tratando de tener cuidado de no hacer ningún tipo de ruido, se coló en la casa.
Aunque por fuera parecía totalmente abandonada, el interior estaba bastante bien, era incluso hasta habitable. Conservaba la mayor parte de los muebles, aunque casi todas las ventanas estaban hechas añicos. Después de dar una vuelta por la planta baja y de comprobar que no había ningún tipo de alimento o bebida, decidió ir al piso superior. No había gran cosa, un par de habitaciones y poco más, pero al abrir los armarios encontró ropa limpia de su talla. A pesar de toda la ropa que había, decidió conservar la chaqueta que Antonio le había dado, escogiendo unos pantalones limpios y una camisa blanca. Tampoco desechó la espada, al fin y al cabo era una cosa que de otra forma nunca habría podido conseguir.
Nada más ajustarse el cinturón con el arma, acarició la empuñadura con suma delicadeza, pensando en varias cosas a la vez. ¿Por qué demonios Antonio le había dejado huir? ¿Y por qué le había dado su espada? Sí, vale que no iba a ser capaz de poder escapar de ahí sin un arma, y vale que la suya estuviese en el barco del español y sólo tuviese a mano esa, ¿pero por qué dársela? No acababa de entenderlo.
Y al pensar en eso, todos los recuerdos de lo ocurrido en la celda ocuparon su mente al completo, provocando que un escalofrío recorriese su espalda. No podía negar que había sentido miedo. Nunca había visto a Antonio actuar de esa manera, no se lo había esperado. Nunca habría creído posible que el español decidiera aceptar esa sugerencia tan estúpida. De todas formas, ¿por qué no se lo había esperado? Sabía que el castaño podía ser totalmente imprevisible, siempre le sorprendía de una u otra forma. Pero... de ahí a que se atreviese a... Sacudió la cabeza.
Por lo menos se había quedado ahí y no había ido a más.
Pero tenía que admitirlo, temía el hambre encerrado en los ojos verdes del otro.
Un ruido en la planta baja interrumpió sus pensamientos. Fuera quien fuese, no debía encontrarle ahí. Se acercó a una de las ventanas y se coló por ella. Por suerte, era bueno trepando, y no le costó nada descender hasta el suelo y escapar.
Una vez fuera, la realidad le golpeó. No tenía ni idea de a dónde ir. No conocía la ciudad. No sabía si encontraría a alguien que le pudiese ayudar. No tenía ni la más remota idea de qué hacer. Se sentía como un completo idiota. Pero aun así, tenía que largarse del lugar. Y cuanto antes, mejor.
Salió a la calle frente a la casa y comenzó a andar, sin saber a dónde debía dirigirse. Trató de ordenar los pensamientos que se agolpaban en su mente, intentando darle prioridad a lo que consideraba importante. Un barco. Necesitaba un barco para poder escapar de ahí. Y tripulación. Y una maldita pistola. Y comer, tal vez incluso beber algo.
¿Pero cómo iba a hacer todo eso? No sabía dónde estaba el puerto, ni si habría un barco que pudiese utilizar. Y era prácticamente imposible encontrar una tripulación. Una pistola tal vez no fuese difícil, pero ¿y la comida? ¿De dónde la iba a sacar? Maldita sea, ¡no era un vulgar ladrón! Pero no le quedaba otra.
Comenzó a caminar sin rumbo fijo, buscando o bien comida o bien un arma que poder quedarse, tratando de evitar a toda la gente que podía, pero sobre todo a los guardias españoles. No estaba seguro de si le reconocerían o no, pero era mejor no arriesgarse, no quería volver al calabozo.
Aunque si lo hacía, podría volver a ver a Antonio...
Se detuvo de pronto. ¿Por qué querría verle? ¿A caso estaba enfermo? ¡El muy cabrón había estado a punto de violarle! ¡Y de matarle! Aunque al final no había hecho ninguna de las dos cosas. Le había dejado marchar. Incluso le había dado su arma. Había sido incapaz de matarle. Y lo que había visto en sus ojos, toda esa confusión, enfrentada a la decisión de mantenerle con vida.
No lo comprendía. Al igual que no entendía la delicadeza y la tardanza de algunos de sus actos. Tal vez... pero no, no podía ser posible que Antonio... No. Era completamente imposible que el castaño sintiera algo hacia él, tenía que ser mentira. Tenía que haber interpretado de manera equivocada su mirada. Fijo que era eso.
Reanudó su camino. De pronto, un tintineo proveniente de uno de los bolsillos de la chaqueta llamó su atención. Al introducir la mano, la satisfacción le inundó al comprobar que eran unas monedas, y no pocas precisamente. Seguramente Antonio se habría olvidado de ellas. Se sintió afortunado. Por lo menos podría conseguir algo de comida, así que lo convirtió en su prioridad.
Siguió caminando. Al pasar por delante de un edificio de dos plantas un delicioso aroma le hizo volver a detenerse. Se fijó un poco más. Era una taberna, y al parecer ya estaba abierta, así que no dudó ni un instante en entrar.
El lugar no estaba muy lleno, tan solo unas pocas personas ocupando unas mesas cerca de la entrada y dos hombres en la barra, tras la cual había una mujer. Se acercó a ella.
-Hola querido. ¿Puedo ayudarte en algo?
-Me preguntaba si podría comer algo...
-Claro que sí. Siéntate en una de las mesas, una de mis chicas te llevará algo de comer en un momento.
Arthur se dirigió a una de las mesas y se sentó. Miró nuevamente a su alrededor, y entonces reparó en algo en lo que no se había fijado antes. De todos los hombres que había en el lugar, muchos de ellos estaban acompañados por hermosas mujeres, vestidas de forma bastante parecida: falda con una abertura a un lado, corpiño y un pronunciado escote.
Prostitutas. Genial. Se había metido a comer en un prostíbulo.
Pero tenía hambre, así que ¿qué más daba el sitio donde estuviese? De todas formas, tal vez si se hubiese encontrado en una situación distinta en ese momento tendría a una de esas mujeres sentada en su regazo, colmándole de atenciones.
-¿Señor? Le traigo su comida.
Se giró hacia la mujer que le había hablado, y no pudo dejar de sorprenderse. Era prácticamente igual a él: rubia de ojos verdes y un marcado acento inglés en sus palabras. Ella también parecía sorprendida al verle, y no pudo dejar de fijarse en que la mirada de ella se escapaba de vez en cuando a la chaqueta que llevaba puesta.
-Gracias.
La muchacha dejó la comida en la mesa frente a él y se dispuso a marcharse, pero al poco se giró y le miró.
-Disculpe... ¿conoce al Capitán Antonio Fernández Carriedo?
Arthur no pudo hacer otra cosa que mirarla con atención, la boca ligeramente abierta. ¿De verdad esa mujer conocía a Antonio? Una suave risa escapó de sus labios. ¿Y por qué no? Demonios, él también era un hombre con derecho a divertirse de esa forma de vez en cuando.
Aunque por alguna razón le molestaba.
-Sí, ¿por qué lo preguntas?
Ella pareció dudar, pero un gesto apremiante de él la hizo hablar.
-Esa chaqueta es de Antonio, la he reconocido nada más verla.
Dudó. No estaba seguro de si debía preguntar o no, pero al final lo hizo.
-¿Ha estado Antonio por aquí?
-Sí-la respuesta de ella le hizo detenerse un momento a pensar. Pero decidió continuar con lo que había empezado.
-Siéntate por favor. ¿Cómo te llamas?
-Lilith-dijo ella mientras se sentaba a su lado.
Empezó a comer mientras ella le contaba que Antonio había estado en el lugar el día anterior. Así que no se había equivocado, había pasado algo más de un día entero durmiendo. Escuchó durante un rato sin prestar mucha atención, hasta que unas palabras de ella le hicieron mirarla fijamente.
-Al marchar, me dijo que estaba buscando a alguien y que tal vez no volvería a venir por aquí. Me resultó extraño, pero no le di más importancia de la necesaria, al fin y al cabo no son pocas las veces que se marcha y tarda meses en volver.
-Y... ¿te dijo algo sobre la persona a la que estaba buscando?
Ella negó con la cabeza y sonrió, apoyando los codos sobre la mesa y cruzando los dedos de las manos con delicadeza.
-No, pero me imagino que será al de siempre, a ese capitán pirata inglés al que lleva persiguiendo años. Pero de todas formas, esta vez no estoy muy segura de ello.
-¿Y eso por qué?
-Su mirada. Tenía aspecto de estar buscando a alguien de suma importancia para él, no a un simple enemigo. No se si sabrás a qué me refiero...-ante la mirada confusa de Arthur, Lilith rió suavemente-. Parecía estar buscando a la persona de la que se ha enamorado.
Se atragantó con la bebida que le habían servido. ¿Enamorado? ¿Antonio? ¡¿En serio?! Bueno, pensándolo bien, ¿por qué no iba a enamorarse? Tenía todo el derecho a ello. Aunque en el fondo le dolía.
¿Le dolía?
Su mirada se perdió en el fondo del vaso de cristal. ¿Por qué demonios iba a dolerle el hecho de enterarse de que Antonio está enamorado de alguien? Él mismo también lo había estado, ambos tenían derecho a ello. Se detuvo. ¿También lo había estado? ¿Lo seguía estando? No estaba seguro de ello, no recordaba siquiera a la persona a la que entonces había amado, ni sabía si seguía queriendo a esa persona. Pero el sentimiento estaba ahí. De eso sí que estaba seguro. Aunque...
Se llevó una mano a los cabellos, despeinándolos. Cada vez entendía menos sus propias reacciones, sus propios sentimientos, ni siquiera sus pensamientos. Así que decidió volver a preguntar.
-Lilith... ¿cómo lo sabes? Quiero decir, ¿cómo sabes que Antonio...?-fue incapaz de pronunciar las palabras, pero ella le entendió.
-Ya te lo he dicho: su mirada. No todos tenemos la misma mirada, ni siquiera la nuestra propia es la misma cada vez. Sé reconocer cuándo la mirada de un hombre se convierte en la de una persona enamorada, porque la he visto demasiadas veces, y puedo decirte que la de Antonio era así. Y también puedo decirte que es la primera vez que la veo en sus ojos-ella llevó una mano a su mejilla y le obligó a mirarla-. Es la misma mirada que tienes tú ahora mismo.
Quedó completamente paralizado. ¿De verdad...? No podía ser. Aunque eso le hizo pensar, una vez más, en la batalla, en la bodega del barco, en la celda. En Antonio. Y se dio cuenta de muchas cosas a la vez, cosas en las que no había pensado hasta ese momento.
¿Y si la sugerencia, aparentemente estúpida, no lo fuera? Tal vez simplemente llevase demasiado tiempo deseando que Antonio hiciera algo así. Y tal vez, en la celda, no se estuviese estremeciendo de miedo, sino de deseo, de pasión. Sólo ahora se daba cuenta de cuánto había ardido su piel en las zonas que había tocado Antonio, tanto co sus labios como con sus manos. Y deseaba más. Necesitaba más. Qué estúpido había sido.
Y ahora necesitaba encontrarle. No podría marcharse de ahí sin verle antes.
-¿Tienes idea de dónde está alojado Antonio?
Lilith meditó la respuesta unos segundos.
-Habitualmente se queda aquí, tiene incluso una habitación propia, pero algunas veces se aloja en la casa grande en la parte superior del pueblo con el resto de la guardia.
-Necesito saber dónde-dijo de pronto, colocando una mano en uno de los hombros de ella. Lilith le miró un tanto sorprendida, pero finalmente sonrió, asintió con la cabeza y le dio instrucciones.
Arthur, a modo de agradecimiento, dejó en la mesa, delante de ella unas monedas como pago por la comida, así como una propina. No le importó, al fin y al cabo ese dinero era de Antonio. Cuando se alejaba en dirección a la salida, Lilith le acercó a él, deteniéndole un instante.
-¿Quién eres?
-You don’t need to know it, my lady-dijo en voz baja mientras una suave sonrisa curvaba sus labios al comprobar la expresión casi asustada de ella.
Pero se llevó un dedo a los labios, acompañado de unas palabras en voz baja, y ella le dejó marchar.

Esperó hasta que la oscuridad de la noche pudiese ocultarle para ir hasta allí. No podía permitirse que le capturasen de nuevo.
Se escondió entre unos arbustos y esperó hasta que los guardias desaparecieron de su vista. Fue entonces cuando salió de su escondite y localizó con su mirada la ventana de la habitación del español, en el primer piso. A través de la ventana podía verse una tenue luz iluminando la habitación, pero no estaba seguro de si él se encontraría ahí dentro o no.
Comenzó a trepar con cuidado de no hacer ruido.

[Punto de vista de Antonio]

Se sentía un completo inútil al no haber sido capaz de encontrarle. Aunque tal vez eso fuese porque Arthur había sido capaz de escapar de la ciudad sin ser visto. Ese pensamiento era lo único que le daba esperanzas en ese momento.
Entró en la habitación cerrando la puerta con llave tras de sí; no quería ser molestado. Dejó la espada sobre una mesa cercana a la puerta y se sentó en el borde de la amplia cama situada frente a la ventana. Apoyó ambos codos en sus piernas y hundió el rostro en las manos. Deseaba tanto poder verle...
Entonces, el ruido de la ventana al abrirse le hizo levantar la cabeza de golpe.
No podía creer lo que estaba viendo. Tras un instante en silencio, por fin fue capaz de despegar los labios.
-¿Arthur?

jueves, 23 de febrero de 2012

Love and Hate

Love and Hate

Cada vez que te miro siento náuseas. Te odio. No entiendo cómo puedes sonreír de esa forma tan inocente. Como puedes mostrar tanta despreocupación en tus ojos verdes.
No lo entiendo.
Sobre todo después de verte en tu faceta más sádica.
Y pensar que Lovino se sienta a tu lado tan confiado... debería saber cómo eres en realidad. Cómo me gustaría verlo, mirándote asustado, alejándose de ti. El dolor en tu rostro al quedarte solo nuevamente.
Así tal vez podrías volver a mí.
En aquella época ambos nos asemejábamos a monstruos sedientos de sangre, de batallas y de muerte, luchando el uno contra el otro una y otra vez. Ambos buscábamos la caída del otro. Fueron incontables las veces que te tuve prisionero. Y también incontables las veces que tú me tuviste a mi.
Cómo adoraba tenerte a mis pies, encadenado, sangrando, con furia en los ojos. Tenías una expresión tan adorable que me habría gustado retratarte así desde todos los ángulos posibles. Mi preciado botín de guerra. Un botín de guerra con un hermoso rostro, una piel cobriza y con más furia que el mar en un día de tormenta.
Pero nunca conseguí que derramaras ni una sola lágrima.
Te encadené. Te golpeé. Te corté. Usé un látigo sobre tu espalda. Te humillé de cualquier forma posible. Te violé. Estuviste a punto de desangrarte. Pero no derramaste ni tan siquiera una lágrima.
Con todas las que yo he derramado a causa de ti...
Cada vez que me golpeabas con toda esa fuerza. Cada vez que me humillabas y te reías de mí. Cada vez que me tomabas a la fuerza.
Cada vez que te alejabas de mí.
Era insoportable. Y lo sigue siendo.
Muchas veces desearía volver a lo de antes, a todas esas batallas, tan solo por tener una excusa para estar a tu lado, aunque fuese como un prisionero. O para tenerte como prisionero yo a ti. No sabes cómo lo anhelo, cómo echo de menos deslizar mis manos por tu cuerpo, mis labios por tu cuello, enterrarme dentro de ti.
O todo lo contrario.
Echo de menos ese ardor, esas palabras que me decías. Incluso los golpes. Cualquier cosa con tal de sentirte.
Y las batallas... Ah, era tan condenadamente emocionante luchar contra ti. Toda la pasión que ponías en cada lucha, la fuerza utilizada en cada uno de tus golpes, las palabras llenas de odio, las miradas colmadas de furia, todo era increíblemente maravilloso, un verdadero espectáculo. Sobre todo cada vez que mi espada conseguía arañarte. Estábamos siempre tan enfrascados luchando que, a pesar de estar cubiertos de heridas, no podíamos parar.
Era una droga.
Aunque si hay una cosa que supera a todas esas batallas, era cuando conseguía atraparte. Era entonces cuando empezaba la diversión de verdad. El momento en el que comprobaba hasta dónde podía llegar esa maldita resistencia tuya.
Recuerdo la primera vez que te tuve solo para mí. No dejabas de insultarme, de intentar morderme, de escupirme, de resistirte. Cómo disfruté de aquellas caricias robadas, de los besos tomados sin permiso a pesar de la sangre resultado de tus mordiscos. Nunca había disfrutado tanto tomando a alguien como aquella vez. Trataste de resistirte con todas tus fuerzas, por supuesto, pero yo pude más. En aquel momento era superior a ti, y no solo porque tú estuvieras encadenado. Me sentía superior simplemente por gozar del privilegio de tenerte completamente a mi disposición, tanto física como emocionalmente.
Te aferraste como pudiste a la cadena de los grilletes que mantenían tus manos apresadas, y tratabas, aunque en vano, de contener la voz. Los gritos. Y aunque siempre lo negarás, algún que otro gemido. Y tu mirada... para mí era una maravilla, ver tu rostro, tu mirada llena de dolor, furia y odio, reflejados en el espejo que había colocado justo delante de nosotros. No quería perderme detalle alguno, y esa era la mejor forma para conseguirlo.
El sudor perlando tu piel. La sangre corriendo por tus brazos. Por tus piernas. Las heridas de tu espalda. La calidez de tu interior. La intensidad de tus gritos. Todo eso ha quedado grabado en mi mente de tal forma que, pasen los años que pasen, no podré olvidarlo nunca.
Me revuelvo en la silla, incómodo. ¿Por qué ahora, después de todos estos años, me diriges la mirada? Hacía mucho tiempo, tal vez demasiado, desde la última vez que me miraste a los ojos. ¿Serás capaz de ver lo que siento reflejado en mi mirada? Por un lado, me gustaría que lo vieras, me gustaría que te dieses cuenta de todo lo que siento.
Por otro lado, tengo miedo.
Miedo de que me destroces de nuevo con esa maldita compasión tuya.
La última vez que me tuviste fue diferente a todas las demás. Dejaste de lado los golpes, sustituyéndolos por caricias. Dejaste atrás los mordiscos, sustituyéndolos por dulces besos. Por una vez, no usaste los grilletes. Tampoco hacían falta.
Fue entonces cuando pensé que tal vez todas las veces anteriores te habías dejado capturar por mí a propósito, que en realidad lo que querías no era luchar contra mí con una espada o una alabarda, sino que preferías otro tipo de lucha. La que llevan a cabo las manos buscando robar caricias del cuerpo del otro, los labios queriendo beber de los del contrario, tus ojos verdes queriendo clavarse fijamente en los míos. Tu cuerpo, queriendo amoldarse al mío.
¿Pero eras tú el que se dejaba capturar? ¿O tal vez era yo el que se dejaba? No sabría decirlo. Aunque puedo decir que lo único que anhelaba entonces no eran las monedas de oro, ni las joyas, ni tener más territorio bajo mi bandera. Lo único que quería era la seda de tu piel, las esmeraldas de tus ojos, la miel de tus labios, las finas hebras de tu cabello, tu calidez, tu cuerpo entero solo para mí.
Y pensar que cualquier otro podría tenerte para si me hacía estremecer.
En ese momento, el último de todos, yo te deseaba a ti. Tú me deseabas a mí. Ninguno de los dos opuso resistencia alguna. Dejé que me quitaras cada prenda poco a poco, dejando al descubierto mi piel, haciendo yo lo mismo con cada centímetro de la tuya, acariciándola, sintiéndola como suave terciopelo. El camarote de tu barco era amplio, y lo habías llenado de espejos para la ocasión. A cada lugar al que mirase podía vernos reflejados, abrazados, en el suelo. Me mordiste en el cuello; yo mordí tus labios. Deslicé las manos por tu espalda; tú por mi cadera. Me besaste; te correspondí. Y entonces, te sentí penetrarme. Habían sido tantas las veces que lo habías hecho a la fuerza que esta vez ningún grito escapó por mi garganta. Tan solo gemidos y jadeos que dejé escapar en tus oídos. Me aferré a ti, moviéndome al mismo ritmo al que te movías tú, haciendo que así llegases cada vez más al fondo. Quería sentirte aún más. Quería volverme loco con el contacto de tu piel con la mía. No podía parar de decir tu nombre entre gemidos, y el escuchar mi nombre en tu voz me hizo sentir completo.
Cuando terminó todo, apoyaste tu cabeza en mi pecho, y yo te rodeé con mis brazos. No quería que te separaras de mí, pero lo hiciste. Y mi corazón se llenó de dolor y desesperanza. Al fin y al cabo, estábamos en medio de una guerra en la que tú eras mi enemigo y yo el tuyo.
Ésta sería la última vez que podríamos volver a estar así.
Han pasado siglos desde aquello. Ya no luchamos el uno contra el otro. Ya no somos enemigos. Pero no puedo tenerte a mi lado. Yo tengo a Alfred; tú tienes a Lovino. Pero aun así, no dejo de sentirme culpable por iniciar esa maldita guerra. Y no puedo dejar de culparte por no venir a mí una vez que ésta terminó.
Por eso te odio.
Por fin Alfred ha terminado de hablar. La reunión se ha dado por finalizada. Me acerco a ti rápidamente. Es ahora o nunca.
-Antonio, ¿puedo hablar un momento contigo?
Me miras, extrañado. Sé que no es normal en mí dirigirte la palabra de esta forma.
-Por supuesto... Lovi, ¿puedes esperarme, por favor?
-Esto... Antonio, ¿te importa que sea en mi casa? Es mucho de lo que tengo que hablarte, y aquí no podemos hablar con tranquilidad.
Pareces dudar. Cruzo los dedos detrás de mi espalda. Al final, asientes con la cabeza. Me siento aliviado.
El camino hasta mi casa no es largo, pero pienso que ojala dure eternamente. Me siento bien a tu lado. No quiero que esta sensación desaparezca. Nada más llegar pasas al salón. Te sirvo un té, reservado especialmente para ti.
I’m sorry, Antonio.
Cuando despiertas, aturdido, tratas de levantarte. Te extrañas de no ser capaz de ello. Te miras y te das cuenta de que tus pies y tus manos están encadenados. Entonces alzas la cabeza y me miras. Hay furia en tus ojos.
-¡¿Qué demonios me has hecho, Arthur?!
Sonrío. Me acerco.
-Tan solo quiero revivir viejos tiempos, Antonio. Solo eso.
En tu mirada aparece una chispa de comprensión. De pronto, se transforma en miedo. No tienes delante al Arthur de siempre. Ahora estoy en mi versión más cruel, más sádica.
Te hago levantarte y engancho los grilletes que apresan tus manos a un gancho en el techo. Alcanzo un cuchillo de la mesa que tengo al lado, y con él reduzco tu camisa a simples jirones tirados en el suelo.
-Tienes miedo, ¿verdad?-digo, pasando la punta del cuchillo suavemente por tu pecho, pero sin cortarte. No quiero dañar tu piel. No aún.
-Nunca.
Pero lo veo tan claramente en tus ojos...
Me aparto para colocarme tras de ti, y es entonces cuando ves el espejo que hay delante de nosotros. El mismo espejo que usé aquella vez.
Uso el cuchillo de nuevo, esta vez para deshacerme de tus pantalones y tu ropa interior. No había olvidado cómo de hermoso era tu cuerpo. Es algo que nunca podría olvidar. Dejo el cuchillo a un lado y deslizo las manos por la piel de tu espalda, tan suave como siempre. Después, te araño, dejando marcas rojas por toda tu espalda. Y te oigo gritar. Música para mis oídos.
-¡Déjame marchar, Arthur, joder! ¿Qué demonios es lo que quieres de mí?
Sonrío una vez más. Creo que deberías saberlo.
-Sólo hay una cosa que nunca he visto de ti. Nunca te he visto llorar. Y llevo demasiados años esperando para ver ese espectáculo.
Te penetro. Sin preparación. Gritas aún más fuerte. Y sin esperar ni un segundo comienzo a moverme con furia. Con deseo. Aprietas los dientes para no gritar, cierras los ojos con fuerza para no llorar. Pero vuelvo a arañarte, y no puedes evitar abrirlos de pronto.
Y ahí están. Por fin. Tus lágrimas. Tanto tiempo esperando para esto...
Aun así, no dejo de moverme. Añoraba la sensación de tenerte a mis pies, de estar en tu interior Tu temperatura. Y de pronto veo tu sangre de nuevo corriendo por tus brazos. Por tus piernas.
Y siento arrepentimiento.
¿De verdad quería hacerte tanto daño?
Pero no puedo parar. Me es imposible. Sigo moviéndome en tu interior, con frenesí, hasta llegar a mi límite y sobrepasarlo. Me detengo. Me aparto. Te quito las cadenas y te dejo en el suelo, con una manta por encima. Justo cuando voy a salir por la puerta, oigo tu voz a mis espaldas.
-¿Por qué?
Me giro. Aún sigues llorando. Nunca te había visto así, tan desolado. Soy incapaz de irme sin decírtelo.
-Porque te quiero. Y te odio por no estar conmigo.
Me miras, incrédulo. Sé perfectamente que no tengo excusa para lo que te he hecho. Sé que me odiarás eternamente. Tus palabras me lo confirman.
-¿Y ésta te parece la forma correcta para hacérmelo saber? Yo también te quiero. Te quería. Pero ahora...-dejas de hablar.
De nuevo, me siento destrozado. Arrepentido. Más que odiarte, me odio a mi mismo. No sé como demonios he llegado a este punto de no retorno. Trato de pedirte disculpas, pero la voz se niega a salir de mi garganta. Te miro a los ojos, deseando una vez más que puedas leer en ellos. Pareces comprender.
-Lo siento por no haber vuelto contigo. Debería haberlo hecho, pero fui lo suficientemente estúpido como para dejarte ir-sacudes la cabeza-. Ahora es tarde, ¿verdad?
Las lágrimas empiezan a caer por mi rostro. No me hacen falta las palabras para hacerte entender lo que siento. Caigo al suelo sin poderlo evitar.
Quiero morir.
Pero tu mano acariciando mi mejilla me hace reaccionar. No hacen falta palabras. Me comprendes. Te comprendo.
Lloramos en silencio hasta el amanecer, tirados en el suelo, el uno al lado del otro. No hay otra cosa que podamos hacer.
Nos hemos condenado a nosotros mismos a permanecer separados de la persona amada.
Porque es así. Yo te amo, tú me amas.
Pero sólo se queda en un sentimiento encerrado en nuestros cuerpos.
No podemos estar juntos.
Tal vez nunca podamos volver a estarlo.
Aunque...
Nuestras miradas se dirigen al cuchillo, ahora en el suelo.
Tal vez de esa forma nadie pueda separarnos.
No podrán.
Nuestra sangre ahora se mezcla en el suelo. Nuestras manos se entrelazan sobre ella. Tu frente apoyada en la mía. Unas últimas palabras en nuestros labios.
Te querré eternamente. Más allá de la muerte.

miércoles, 22 de febrero de 2012

Love and Hate - Ficha

Título: Love and Hate

Argumento:
El odio que siento hacia ti no puede compararse con el que sentía siglos atrás. Antes no era ni la sombra de lo que es ahora, y todo por la simple razón de que, aunque te odie más que a nadie en este mundo, te amo tanto que lo daría todo por ti. Y eso es lo que más odio. Porque ya nada es como antes.
¿No es así, Antonio?

Tipo: oneshot
Finalizado: no
Público: mayores de 18
Temática: yaoi, drama
Advertencias: sexo explícito, violencia, violación, muerte de personajes.
Categoría: manga/anime – Hetalia Axis Powers
Lista de capítulos: capítulo único


Love and Hate

martes, 21 de febrero de 2012

Dos Espadas - Capítulo 04

Capítulo 04

[Punto de vista de Antonio]

Abrió los ojos al sentir una mano aferrando su hombro y zarandeándole con fuerza. Al sentir un dolor punzante en la cabeza comprendió al instante lo que había sucedido. Pero no dijo nada, se limitó a observar a la persona que le había despertado.
-Capitán-uno de los guardias se inclinaba sobre él-, ¿qué ha ocurrido? ¡El inglés ha escapado!
Se incorporó lentamente, la mano apoyada en la cabeza, ligeramente mareado.
-No sé cómo, pero consiguió arrebatarme la espada y dejarme fuera de combate. Debería habérmelo esperado, es el Capitán Arthur Kirkland-se puso en pié y se sacudió la ropa.
-Capitán...-el hombre vaciló-, uno de sus superiores quiere hablar con usted.
-Entiendo-sacudió la cabeza-. Bien, entonces ve a buscar a cuatro de mis hombres y mándalos a buscarle. Mientras tanto, iré a hablar con mi superior. No tardaré en unirme a ellos.
Observó cómo el guardia salía apresuradamente de la celda y entonces se dio la vuelta y recogió los jirones de la camisa de Arthur que, por fortuna, habían pasado desapercibidos. Se los guardó en un bolsillo y salió de las mazmorras a toda prisa; mientras antes acabase con todo eso, mejor.
Nada más pisar el vestíbulo, el hombre con el que había estado hablando horas antes se le acercó con un gesto de preocupación en la cara.
-Antonio, ¿es verdad que ese pirata ha escapado?
-Sí, señor... me dejó inconsciente y me robó la espada, aún no sé cómo fue capaz de ello estando encadenado... pero por lo que parece también me quitó las llaves y se libró de las cadenas.
El hombre se llevó la mano a la frente y suspiró.
-Bueno, no fue culpa tuya, no te preocupes. Habrá que mandar a algunos hombres a buscarle.
-Ya me ocupé de eso, señor, yo me encargaré de todo.
-Muy bien dicho, Capitán, ya que es responsabilidad suya. Espero que le encuentre, la horca le está esperando-nada más decir esas últimas palabras, se dio media vuelta y se coló por una puerta.
Suspiró, aliviado. Por suerte había decidido delegar en él la búsqueda en vez de hacerlo él mismo, así podría darle más tiempo a Arthur para escapar. Subió a su habitación a por su abrigo, y después pasó por la armería a por una nueva espada.
Una vez preparado, salió a la calle en busca del rubio. Solo así estaría tranquilo, ayudándole a huir.
De forma inconsciente, llevó la mano a la empuñadura de la espada. Echaba de menos su otra espada, le había acompañado durante muchos años en innumerables batallas, la mayor parte de ellas contra Arthur, pero ahora la necesitaba más el rubio que él. Tal vez en alguna batalla futura el inglés se atrevería a blandirla contra él, pero tuvo la sensación de que no volvería a ver su espada nunca más.
Patrulló las calles con sus hombres, pero una hora después no les quedó otra que volver ya que la oscuridad de la noche no les dejaba buscarle. Antonio dio gracias por ello y volvió a su habitación, no sin antes encargar a uno de los sirvientes que le despertase nada más amanecer.
Tiró el abrigo a un lado, el cinturón con su nueva espada a otro y se metió en la cama, pero por alguna razón fue incapaz de conciliar el sueño. Su cabeza no dejaba de darle vueltas a todo lo ocurrido en la celda, a todo lo que le había hecho a Arthur. Todo lo que él había sentido en ese momento. Se miró las manos, recordando la sensación al deslizarlas por la piel del otro. Se tocó los labios, queriendo sentirlos de nuevo contra su cuello. Cerró los ojos, tratando de rememorar sus gritos y su expresión. No había sido capaz de ver sus ojos, pero sabía a ciencia cierta que destilaban odio. Y miedo. Nunca había visto a Arthur de aquella manera, tan asustado, con esa mirada tan extraña. Nunca había creído que le vería así alguna vez...
Sacudió levemente la cabeza y se dio la vuelta en la cama, tratando de conciliar el sueño, al día siguiente tendría que recorrer toda la ciudad para asegurarse de que el rubio había conseguido huir.

Antonio despertó al día siguiente completamente despejado y con una única idea en su mente. Se vistió, cogió sus armas, bajó a desayunar y acto seguido salió del gran edificio y se internó en la ciudad.
Le encontraría, costara lo que costase.
Decidió empezar por las calles secundarias de la ciudad, ya que las principales estarían demasiado vigiladas como para poder esconderse ahí. Nada más llegar a una de las calles secundarias vio que había más gente de lo normal. El mercado. Se maldijo a si mismo por olvidarlo, aunque hacía demasiado tiempo que no pasaba por la ciudad. De todas formas, tal vez se hubiese escondido ahí. Aunque se la tenían jurada a los ingleses, seguía habiendo cierto porcentaje de comerciantes ingleses en los mercados de las ciudades españolas, y podría darse la casualidad de que Arthur conociese a uno de ellos o, simplemente, uno de esos comerciantes le habría ayudado por el simple hecho de ser ambos ingleses. No perdería nada por buscarle ahí.
Comenzó a caminar entre la gente, tratando de fijarse en todo lo que sus ojos alcanzaban a ver, en cada pequeño detalle, buscando sin parar. Buscando esos cabellos rubios, esos ojos verdes, la chaqueta que le dejó, su espada. Cada vez que creía que le había visto se acercaba con rapidez para después llevarse una decepción al descubrir que en realidad no era él.
Pero aun así, por primera vez desde hacía mucho tiempo se sentía cómodo. No recordaba la sensación de caminar sin tener clavados los ojos de más gente. En el barco, todo el mundo estaba atento a lo que él hiciese, por si daba una orden repentina, y en la base no dejaba de notar las miradas de los demás clavadas en su espalda, murmurando. En cambio, ahí nadie se fijaba en él, nadie le miraba, nadie susurraba cuando pasaba al lado. Era uno más, alguien que ha decidido darse una vuelta por el mercado.
Mientras caminaba, introdujo distraídamente las manos en los bolsillos y sus dedos acariciaron los jirones de la camisa de Arthur. Notó una punzada de arrepentimiento. Sabía que ambos tenían una mayor fortaleza que el resto de humanos, pero no sabía cómo les afectaría una enfermedad. Ojala le bastase con su chaqueta, no le gustaría encontrárselo enfermo (o muerto) en algún rincón. Eso le hizo volver a pensar, una vez más, sobre el día anterior, específicamente en la última parte. No paraba de preguntarse por qué no había sido capaz de matarle. Había estado tan cerca... y sin embargo, había dejado escapar esa oportunidad. Nunca antes había estado tan cerca de acabar con él. Y le gustaría hacerlo, de eso no había duda.
Pero entonces no podría volver a saborear esa piel tan clara...
Antonio se detuvo en seco. ¿En qué demonios estaba pensando? Sacudió la cabeza. No debería estar preocupándose por el inglés, ni pensando en su piel, su mirada y sus labios. Debería pensar en cómo atraparle de nuevo y en mandarle a la horca, como le correspondía. No entendía cómo había podido dejarle escapar.
Reanudó el paseo. Trató de quitarse al inglés de la cabeza, pero le fue completamente imposible. Cada vez que intentaba olvidarlo, más imágenes acudían a su cabeza. Imágenes cada vez más distantes de lo habitual. Imágenes que no dejaban nada a la imaginación. Se maldijo a si mismo. Si seguía así... Tenía que ponerle remedio. Y conocía una buena forma para ello.
Hacía bastante que no iba a ese lugar, tal vez por eso su mente se la estaba jugando de aquella forma.
Por supuesto, conocía el camino de memoria. Cada vez que atracaba en esa ciudad, no podía evitar ir ahí a disfrutar de la noche. Era su lugar preferido para alojarse, y su lugar favorito para disfrutar de los placeres que el mejor de los burdeles de la ciudad podía ofrecerle. No había ningún otro que se le pudiera comparar, además, la dueña siempre se llevó bien con él, y todas las mujeres del local le conocían a la perfección.
Pero sólo había una a la que permitía pasar la noche entera con él.
Nada más entrar, todas las miradas se posaron en él, y muchas fueron las palabras de bienvenida recibidas.
Se acercó a la dueña, la cuál le recibió con un cálido abrazo y una jarra de cerveza. Invitaba la casa, por supuesto. La primera siempre era gratis para él. Se sentó y comenzó a beber, poniendo al día a la dueña mientras tanto. Siempre agradecía que le contase cómo le había ido; le trataba como si fuese su propio hijo, y siempre se preocupaba por él.
Al poco rato, una mujer de pelo rubio y ojos verdes se acercó a él. Se sentó sobre sus piernas y le dio un cálido beso en los labios.
-Antonio, querido, hacía demasiado tiempo que no te veía por aquí...-dijo de forma dulce, pasando un dedo por la barbilla del castaño.
-Lo siento, preciosa, he estado... ocupado-le lanzó una mirada rápida a la dueña, la cual se apartó discretamente.
-Persiguiendo de nuevo al inglés, ¿no?-la rubia dejó escapar una suave carcajada.
-Cómo me conoces...-sonrió, y acto seguido deslizó una mano por su espalda-. ¿Vamos arriba?
-Por supuesto. Tu habitación ya está preparada.

Antonio se dejó caer de espaldas en la cama, al lado de la mujer. Los cabellos rubios de ella estaban revueltos, y un leve rubor se extendía por sus mejillas. Se recostó contra él, pasándole un brazo alrededor de la cintura, permitiéndole notar el calor que desprendía su cuerpo desnudo.
-Cuánto te he echado de menos, mi querido Capitán...-deslizó un dedo por su pecho, muy lentamente.
-Yo a ti también, Lilith-dijo, sonriendo al escuchar el acento inglés de ella.
Rodeó sus hombros con un brazo y se llevó una mano a la frente. Había pasado demasiado desde la última vez, pero no podía creerse lo que había pasado. Simplemente, no lo había disfrutado, por muy extraño que eso pareciese, ya que la mujer era una experta en su trabajo, de hecho, era la mejor del lugar. Su mente, su cuerpo, ambos le pedían otra cosa. A otra persona mas bien. Su mente no dejaba de imaginar cómo sería hacerlo con el inglés, cómo sería estar en su interior. Si sus mejillas se ruborizarían tanto como las de la mujer que yacía a su lado. Si sus ojos brillarían con la misma intensidad que los de ella. Si sus besos serían tan dulces. Si su piel sería tan suave. Si sus gemidos sonarían igual.
Realmente estaba enfermo. ¿Cómo iba a querer acostarse con el rubio? Pero tenía que haber una razón para ello. Sabía que no era un simple deseo, que no era solo por lujuria, o por curiosidad. Sabía que había algo más. Aunque en el fondo, no quería reconocerlo, en parte por cobardía, en parte por orgullo.
-¿Te pasa algo, my dear?-Lilith le miró.
Simplemente sacudió la cabeza, no quiso contestar. La inglesa le conocía demasiado bien, al fin y al cabo hacía ya mucho tiempo que se conocían. Llevaban mucho tiempo compartiendo cama. Y confidencias.
Y solo ahora Antonio se daba cuenta de lo mucho que se parecía a Arthur. Los mismos cabellos dorados, los mismos ojos color esmeralda... además de ser ambos ingleses, por supuesto. Tal vez, de forma inconsciente, la había elegido a ella de entre todas las demás prostitutas por eso. Por parecerse a ese condenado inglés.
No podía creerse lo idiota que había sido al no darse cuenta de ello en todo ese tiempo. Ahora entendía por qué siempre la elegía a ella. Prácticamente todas las mujeres del burdel habían pasado por su cama, pero siempre volvía a ella. Siempre. Adoraba cómo sonaba su nombre con su acento inglés. Y sus ojos. Y su piel. Y solo después de probar el sabor de la piel de Arthur se daba cuenta de todo ello. El sabor de la piel de ambos era tan parecido... Qué demonios. El de la piel de Arthur era mejor. Té negro. Ardiente. Cómo lo echaba de menos.
Fue solo entonces cuando tomó la decisión.
Se levantó de la cama y comenzó a vestirse bajo la atenta mirada de Lilith, Al darse la vuelta para mirarla, no pudo dejar de fijarse en la suave sábana que cubría su cuerpo. No dejaba nada a la imaginación. Tal vez en otra situación hubiese vuelto a la cama sin dudarlo y hasta dejarla totalmente extenuada. Sabía que era la técnica favorita de Lilith para hacerle volver a la cama al instante. Pero en ese momento había otro asunto en su cabeza que no se lo permitía.
Arthur.
Tenía que encontrarle.
-¿De verdad te tienes que ir?
Antonio se detuvo un instante mientras se abotonaba la camisa para mirarla a los ojos. Por una vez, vio seriedad en ellos.
-Sí.
Lilith salió de la cama sin preocuparse siquiera por cubrir su cuerpo desnudo. Se acercó a él y le abrochó los botones que le quedaban. Después, colocó ambas manos en sus hombros y le miró.
-Vuelve pronto, por favor. Cada día que pasas lejos de aquí, lejos de mí, es insoportable... I beg you, Antonio.
Antonio suspiró y retiró sus manos con delicadeza. No le gustaba herir a las personas de esa forma, y menos a ella, pero no le quedaba más remedio. Era una realidad que tenía que aceptar, quisiera o no, por muy doloroso que fuese para ella. No debería haberse permitido enamorarse de él.
-Lilith... tal vez no-no pudo continuar, ya que ella se lo impidió colocando un dedo sobre sus labios.
-Tal vez no vuelvas aquí, ¿no?-sonrió ligeramente-. Esperaba que dijeras eso, lo creas o no. No soy tonta... pero no fingiré que no me duele saberlo. Sea quien sea la persona que te va a apartar de mí, espero que esté a tu altura.
No pudo soltar una carcajada. Por supuesto, no entendía cómo no se había esperado esas palabras.
-No te preocupes, Lilith. Lo está.-le dio un tierno beso en los labios y recorrió, tal vez por última vez, las suaves curvas de su cuerpo para acto seguido recoger el resto de sus pertenencias y abandonar el lugar.
Nada más salir a la calle descubrió que el sol ya se había puesto horas atrás. Una vez más, había perdido la noción del tiempo.
-Mañana. Juro por todo lo que tengo que mañana te encontraré, Arthur.