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Bienvenidos a Dark Business, un blog donde podréis encontrar fanfics variados de autores diferentes.

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Pausa general

Llevo bastante tiempo pensando, negando lo evidente, pero creo que es una gran estupidez seguir negándolo. Abrí este blog con el fin de pasar el rato, de postear mis fanfics, y después para darle una oportunidad de publicar a otros autores. Pero llevo ya mucho tiempo dejando todo esto de lado, y la mayor parte de los demás autores (por no decir todos) pasan absolutamente de este blog. Así que no me queda más remedio que hacer lo siguiente:

Este blog queda parado. No se volverá a publicar absolutamente nada (al menos mío) en una temporada.

Disculpad las molestias.

Kyara.

P.D: quizás acabe dejando este blog solo para mis publicaciones y para nadie más.
Mostrando entradas con la etiqueta Ana. Mostrar todas las entradas
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lunes, 21 de mayo de 2012

Dulce Navidad, Antonio - Capítulo 04


Capítulo 4. 31 de diciembre.
31 de diciembre. Lovino no había salido de casa de Antonio desde hacía 3 días. Había subido a su dormitorio –por supuesto que tenía allí un dormitorio, no iba a quedarse en una simple habitación de invitados-, se había tirado sobre la cama, y nada más. Eso había sido todo.
Cuando tenía hambre, bajaba a la cocina y cogía cualquier cosa de la nevera. Un tomate, alguna pizza… cualquier cosa que veía. Sin embargo y, sin saber muy bien por qué, no había tocado las bandejas navideñas que había preparado Antonio.
Encogido sobre sí mismo en la cama, Lovino tenía mucho tiempo libre para pensar. Su maleta seguía abajo, en el mismo lugar donde la había dejado tres días antes. El móvil le había sonado bastantes veces, pero él simplemente lo había apagado. No quería hablar con nadie, no quería que nadie le molestara.
Lovino no tenía ni la más mínima idea de por qué estaba así.
Cerró los ojos con fuerza, lo único que había cambiado era la presencia de Antonio. Él ya no estaba. En el fondo lo sabía, pero se negaba a creer que fuera por eso, ¿de verdad aquel bastardo le afectaba tanto? Era, simplemente, raro. Muy raro.
Lovino suspiró, intentando encontrar en su mente algún recuerdo que le hubiera hecho sentir mal por culpa de Antonio. Encontró unos cuantos.
Un día, hacía algunos años, España le había propuesto ir al cine. Una simple invitación a ver una película de la que Antonio tenía dos entradas. Casualmente, era una que Lovino quería ver desde hacía tiempo. Y encima le invitaban, ¿por qué no iba a ir?
-¿A qué hora empieza?
-A las cinco –sonrió España.
-¿Las cinco? Bien, terminaré de arreglar unos papeles de mi nación justo un poco antes, y esta noche me voy a una fiesta ibicenca a la que me han invitado, que será sobre las nueve, así que… supongo que las cinco es una buena hora. Qué casualidad, que los planes me hayan cuadrado tan bien hoy.
-Sí… qué casualidad –comentó Antonio ampliando su sonrisa, pero con una expresión extraña que Lovino no supo descifrar.
-Lo que sea. De todas formas, tengo que ir a comprar algunas cosas antes de ir al cine.
-¿Eh? ¿Necesitas algo, Lovi?
-Nada en especial… ¡deja de llamarme así! Tú déjame en el centro y vete luego a dar una vuelta… a las cinco estaré allí –gruñó antes de desaparecer en su habitación.
Horas más tarde, Antonio había parado el coche y le había dejado en un centro comercial. Lovino le recordó, antes de bajar, que ya acudiría él al cine, y corrió hacia la entrada, donde una amiga suya le estaba esperando con una sonrisa. Él le había sonreído de vuelta con timidez antes de entrar; lo mínimo era ser amable con la muchacha, ya que había aceptado acompañarle para comprar algunos alimentos típicos del país. Antonio siempre le hacía regalos por su cumpleaños, por lo que, que de vez en cuando, Lovino se preocupara por devolvérselos, no era tan raro. Le haría alguna comida imposible de olvidar. Aquel bastardo vería sus dotes culinarias.
Cuando se dio cuenta de que si no se iba, llegaría tarde a la película, corrió a por un taxi. Sin embargo, no esperaba que el típico atasco de los sábados le asaltara precisamente a él. No le hizo falta subirse al coche para darse cuenta de que no iba a avanzar.
Todo se disipó a las ocho de la noche. Romano temblaba, tragaba saliva sin parar. Estaba más que nervioso, aquella situación le estaba jugando una mala pasada. Subió a un taxi y, solo por si acaso, le hizo parar en el cine. Como había imaginado, Antonio ya no estaba.
Cuando llegó a casa de España, encontró una nota en lugar de a Antonio. Le decía que sentía que no hubieran podido ver la película a tiempo, pero que no pasaba nada. Que como Romano aquella noche no estaría, se había ido con Francis a beber un rato.
Lovino arrugó la notita en sus manos hasta hacerla una bola y la tiró con rabia a la basura, donde había dos entradas de cine, rotas por la mitad.
Antonio se quedó sin cena de cumpleaños. Lovino se quedó sin fiesta aquella noche.

Romano se había odiado por ello aquel 12 de febrero, en el que España no había quitado aquella triste sonrisa –que solo él podía reconocer- en todo el día. Por supuesto, él no le había explicado lo de la comida, ¿con qué cara lo hacía? En cuanto al cine, tampoco le había dicho nada, igual que lo de la fiesta a la que había decidido no ir.
Era un estúpido. Un completo estúpido.
Se tapó hasta la nariz con su sábana y permaneció así hasta que oyó el reloj del salón. Sonaron doce campanadas.
Feliz año nuevo, Lovino…

***

Sabía que Veneciano y el macho patatas no tardarían en saber que Antonio se había ido. Por eso, cuando el timbre de casa sonó repetidas veces, Lovino no se alarmó. Bajó con parsimonia y entreabrió la puerta para ver a su preocupado hermano mirándole fijamente desde el porche.
Fratello! –exclamó tirándose a sus brazos.
-Joder, no hagas eso, que pesas…
-Francis nos llamó el otro día –aclaró Ludwig-, dijo que España se había ido de viaje.
-No hagas esto más, fratello, te llamé muchas veces, no sabes lo preocupado que estuve.
-Cállate. No es como si hubiera desaparecido, ¿o sí? Además, ¿qué queréis?
Lovino estaba de mal humor. Ludwig se había dado cuenta enseguida. Tal vez era por mencionar a Francia, tal vez porque Antonio se había ido. Frunció el ceño, irritado.
-¿Por qué no vienes a pasar el Año Nuevo con nosotros, vee~?
-Ni de coña.
Lovino no tuvo que pensarlo ni un segundo antes de declinar la oferta. Por el rabillo del ojo, vio a Alemania relajarse y suspirar disimuladamente.
-Tranquilo, macho patatas, no pienso arruinar vuestra cita –comentó ácidamente, logrando que Ludwig se sonrojara e intentara disculparse.
-Es Año Nuevo, Lovino, ¡ven con nosotros! –insistió su hermano.
-He dicho que no. Estoy más tranquilo solo.
Ludwig cogió a Italia del Norte de la mano para alejarlo de él. Si el italiano decía que no, era que no. Feliciano hizo un mohín; Romano se dio cuenta de que estaba  a punto de ponerse a llorar, y él no quería que eso ocurriera. Chasqueando la lengua, se acercó a él y le dio un beso en la frente, mientras acariciaba sus cabellos con cariño.
-De verdad, estoy mejor en casa –le dijo en un tono más agradable-, disfrutad de la cita.
-Fratello… Feliz Año Nuevo –le sonrió, y Lovino le devolvió la sonrisa a su manera. Después de todo, era su hermano, el único que, a parte de Antonio, le había querido por muy mal que se portara con él.
-Sube al coche, Italia –le pidió Ludwig-, ahora voy yo.
El italiano asintió, más tranquilo, y se alejó de ellos para subir en el asiento del copiloto. Lovino enarcó una ceja, le pareció extraño.
-¿Estarás bien tú solo?
-No soy un mocoso, joder. Ya te dije el otro día que…
-Sé lo que me dijiste –frunció el ceño, con desagrado-. Y, aunque no fueras muy agradable, eres el hermano de Veneciano y no puedo evitar el estar, aunque solo sea un poco, preocupado.
-No necesito que te preocupes, agh –murmuró estremeciéndose.
-Qué gracioso. Escucha, Lovino, no te hace ningún bien quedarte en su casa. Sabes que no.
Ludwig vio como el italiano abría mucho los ojos al principio, luego la boca, que la volvió a cerrar en seguida, apretó los dientes y lo miró con ira. Genial, lo que más necesitaba el día de Año Nuevo, un Lovino furibundo.
-¡¿Quién coño te has… creído que eres?!
-Tranquilízate. Recuerda que Feliciano está justo ahí. ¿De verdad quieres que se preocupe todavía más por tu culpa? Detén esto, ya no eres un crío.
Y entonces Lovino miró hacia el coche, volvió su vista a él y, respirando agitado, entró a la casa, sin despedirse siquiera.
El italiano corrió hacia su maleta y le dio una patada tirándola al suelo. Golpeó la pared, volcó las mesas, las sillas, y gritó de pura rabia mientras tiraba al suelo todo lo que había a su alcance. Dejó el salón hecho un desastre, pero no le importó; fue a la nevera y, después de echarle otro vistazo a las bandejas de comida navideña, cogió la botella de vino de Rioja y subió a encerrarse en su dormitorio.

domingo, 25 de marzo de 2012

Dulce Navidad, Antonio - Capítulo 03

Capítulo 3. 24 de diciembre.

Antonio cerró la puerta delarmario lentamente. Estaba contento porque Lovino hubiera vuelto, aunque nopudo evitar sentirse algo melancólico. Cuando bajó al piso inferior y vio lamaleta del italiano en la entrada, sonrió levemente, pero no le dijo nada,sabía perfectamente que aquello avergonzaría tanto a Romano que este no seatrevería a volver. Pero, ¿no era aquello lo que quería? ¿No se ibaprecisamente por eso? ¿Para poder olvidarlo?
Suspiró profundamente. No, nopodía echar la culpa a Lovino. Si se marchaba de su casa era única yexclusivamente por sí mismo. Necesitaba ese espacio, esa libertad que creíaperdida. De todas formas, había tomado una decisión, y no pensaba cambiarla.
-¿Lovino? –lo llamó mientras lobuscaba por todas las habitaciones de la casa. Finalmente, lo encontró en elsalón, viendo la tele como si nada, de espaldas a él-. Me voy ya… ¿Te apeteceacompañarme al aeropuerto?
Antonio esperó nervioso surespuesta, no tenía que haberle preguntado nada, no debería haber abierto laboca. Estaba claro que la respuesta de Lovino sería un NO rotundo, ¿por quétendría que acompañarle?
Tragó saliva y miró al suelo,esperando. Pero no oyó nada, Romano no dijo nada. Elevó su mirada hasta el sofáen el que estaba sentado para ver a Lovino cambiando de canal, muy deprisa. Leignoraba.
-Bueno, pues… Adiós. Eh… esto… Nopierdas mi llave, por favor.
Con un nudo en el pecho y,notando que si no se iba pronto se echaría a llorar, salió de la casaarrastrando la maleta. Subió al coche y arrancó. No quería mirar atrás, nopodía permitirse el lujo de dudar…
Era lo mejor para Romano y,quizá, también para él.

***

Lovino se había quedado estáticocuando España le preguntó si le acompañaba al aeropuerto. ¿Qué le acompañara?¿Era tan estúpido como para pedirle aquello? No es que le fuera a echar demenos, o que no quisiera verlo irse, o que no le apeteciera ver ahora su cara,por última vez, hasta quien sabía cuándo. Por supuesto que no era por eso.Simplemente era incómodo decirle adiós, nunca había sido bueno para esas cosas.Además, seguro que el momento en el que fuera a despegar el avión, el españolle montaría uno de sus numeritos…
Sin embargo, si iba con él, si leacompañaba al aeropuerto tal vez Antonio se diera cuenta de que irse en esemomento definitivamente NO era lo mejor. Es decir, claro que le daba igual todolo demás, pero era Antonio quien plantaba y cuidaba los tomates, y quien lehacía la comida, y quien le esperaba cada noche hasta las tantas hasta quevolvía de sus fiestas, y… Así que, si él se lo pedía, Antonio podíareconsiderar lo de aquel estúpido e innecesario viaje.
Había sentido una repentinaparálisis cuando el español le había dicho que se marchaba y que no perdierasus llaves. No pudo moverse hasta que España abrió la puerta y desapareció trasella. Respiró descompasadamente, ¿qué diablos era aquella sensación? ¿Miedo?
Impotencia, tal vez…
Intentando no pensar mucho enesto último, se levantó del sofá y, para convencerse a sí mismo de que estabatranquilo y que la marcha del español no le podía importar menos, se dirigiócon lentitud hacia la nevera. Seguro que allí habría algo de comida decente,después de todo, Antonio no era tan inútil, sabía bastante de agricultura ytodo lo que cultivaba en su pequeño huerto estaba jodidamente bueno.
Sin embargo no fueron lasverduras, ni los rojos y llamativos tomates frescos, los que llamaron suatención. Lovino no pudo apartar la mirada de dos bandejas llenas de comida conadornos navideños que ocupaban la parte superior del frigorífico. Había, por lomenos, 5 tipos de pasta distinta, carne, pescado y gambas. Aquel bastardohabría gastado todo un fortunón, y un tiempo innecesario, a su opinión, ya quetodo estaba intacto. Frunció el ceño, había algo que no cuadraba y, fuera loque fuera, presentía que no era nada bueno. Cuando vio el vino de Rioja quehabía en la puerta de la nevera, lo comprendió.
A España le gustaba el vino,mucho. Pero, sobre todo, le gustaba el vino cuando lo bebía con Romano.
Como si se hubiese instaladopropulsores, corrió de pronto hacia el calendario que antes había recogido delsuelo y devuelto a su sitio, la pared.
Toda aquella comida, la deliciosapasta, el cochinillo y el salmón, el postre de chocolate que había al fondo yque casi no se veía, los tomates que había en los platos en cortes limpios, elRioja…
Los días que Antonio habíatachado, solo hasta el 24.
Lovino volvió a mirar la cocina,como si no pudiera creer aquello de lo que acababa de darse cuenta. España nosolo había pasado la Nochebuena y Navidad solo, sino que también habíadesperdiciado todo el día para preparar una cena para él -la pasta y el tomateeran la prueba-, y Lovino no se había dignado ni en llamarlo por teléfono.
No, no podía ser. Antonio no eratan estúpido. ¿O sí? Bueno, sería mejor omitir ese tema.
Espera, todavía tenía unaoportunidad. España podía seguir en su coche, de todas formas, acababa de irsede casa no hacía ni tres minutos. Con una velocidad que no sabía que tenía,corrió hacia la puerta y la abrió. Escrutó con la vista la calle desierta, conel corazón en un puño, mientras salía a trompicones del portal. Cayó al suelode bruces al no ver un escalón y rodó; el resultado fue varios arañazos en laspiernas y brazos, y un dolor agudo en la nariz, que se había puesto a sangrar.Definitivamente, España debía pavimentar su propio suelo… Lovino se levantó denuevo y gritó el nombre de Antonio varias veces, pero no le sirvió de nada. Sucoche no estaba.
España se había ido, y él ya nopodía arreglar las cosas. La había cagado, pero bien.
-Oh, joder. Bastado de…
Lovino calló, sus ojos se estabanhumedeciendo, así que se mordió los labios para no llorar. No podía llorar, nopor él… Se sentía impotente, muy impotente. Paró al darse cuenta de que tambiénlos labios le sangraban, dejó de hacer presión con sus dientes y se secó losojos con una de sus mangas. Cogió el móvil y marcó con rapidez algunos números,equivocándose a veces por el temblor de sus manos. A los pocos segundos, lerespondió una voz grave, pero educada.
-Maldición, ¿dónde está mihermano? ¡¿Qué coño haces contestando a su móvil, jodido macho patatas?! ¡Dileque se ponga ahora mismo!
-Siempre es tan estimulantehablar contigo, Romano…
-¡Que te calles! ¿Dónde estáFeliciano?
-No está en casa.
-¿Cómo? ¿Dónde ha ido?
-No tengo ni idea. ¿Estás con España?
Lovino dejó de gruñir y chillar,y se quedó callado. No, no estaba con España. Él se había ido. Frunció el ceño,mirando hacia el suelo.
-¿Romano? –lo llamó el alemán,extrañado de no oír sus insultos.
-No iré a cenar esta noche.
-¿Te quedarás con Antonio?
Cállate. Cállate. Cállate. Dejade llamarlo por su nombre. Cállate de una vez.
-Tampoco iré a dormir.
-Oh… Supongo, entonces, que estarásen su casa.
-Te diré una cosa, jodido rubiode mierda. Métete en tus putos asuntos y deja los míos en paz. Y no te atrevas,te lo advierto, no te atrevas, a hacer nada a mi hermano tan solo porque yo noesté allí hoy. Porque te juro que si lo tocas, aunque solo sea el rizo, duranteun maldito segundo, ¡te las verás conmigo! ¡Idiota!
Lovino colgó con fuerza,respirando iracundo mientras apretaba el móvil entre sus manos. Volvió la vistahacia la casa del español y, como si quisiera romper el suelo bajo sus pies,caminó furioso hacia su interior para después cerrar de un portazo.

martes, 7 de febrero de 2012

Dulce Navidad, Antonio - Capítulo 02

Capítulo 2. 27 de diciembre.

-Maldición. Maldición… Maldición,maldición, ¡MALDICIÓN! ¡Eres un estúpido! –gritó Lovino a pleno pulmón antes deestampar el vaso, lleno de un whisky que Escocia le había regalado, contra unapared de su casa- Eres un estúpido… -repitió en voz baja, sin saber bien si lodecía por Antonio, o por sí mismo.
Abrazándose levemente, se deslizópor la pared hasta el suelo. Lovino estaba confuso, MUY confuso. ¿Qué demoniosacababa de pasar en casa del español? O mejor dicho, ¿qué había estado a puntode pasar?
-¿Frattello? –lo llamó una vocecilladesde el marco de la puerta. Él alzó la mirada al instante, para ver a suhermano mirándolo algo preocupado- ¿Estás bien?
-Feliciano… -murmuró sorprendido-¿qué haces aquí? –exclamó de pronto, recuperando su tono hostil.
-Oí un ruido muy fuerte y…
-Se me cayó el vaso al suelo.
-Hay… una marca en la pared.
-Resbaló.
-¿Desde el suelo… hasta la pared?
-Pues claro.
-Ve~

***

Lovino pasó una semana más en sucasa antes de decidir volver al lado de Antonio. El bastardo se había ganadoestar sin él todo ese tiempo, ¿cómo se había atrevido a echarlo?
Todavía enfurruñado, cogió lamaleta y subió al avión. Suspiró cuando se sentó en su butaca, solo le apetecíadormir durante todo el viaje y comer algo. Aunque en realidad la casa de su‘jefe’ no estaba tan lejos de la suya, llegaría pronto. Entrecerró los ojos,volviendo a pensar en la última noche que pasó allí. España y él habían estadoa punto de… Pero no, no había pasado nada. Él había detenido al español a tiempo.Pensándolo bien, no sabía ni cómo habían llegado a esa situación, solorecordaba haber intentado entrar a casa antes de que Antonio le besararepentinamente. Y a los dos minutos ya estaban en su habitación, mordiéndose yquitándose la ropa…
Lovino carraspeó, obligándose aparar de imaginar la escena otra vez. Seguramente había sido un malentendido.Los dos habían bebido esa noche, ya que el estúpido del pervertido francéshabía celebrado una pequeña fiesta en su casa, y habían acudido algunos amigos.Pero Lovino no era su amigo. Ni tampoco el del resto de naciones que había allíaquella noche. Él solo acompañaba a España, porque este se lo había pedido caside rodillas.
Estaba harto de darle vueltas altema así que, cansado, cerró los ojos para intentar dormirse. Aún así, no lesirvió de mucho, ya que tuvo un sueño bastante extraño, aunque luego no pudorecordarlo bien. Despertó cuando aterrizaron. Salió del aeropuerto y caminó, unpoco nervioso, hasta llegar a donde Antonio vivía. No estaba lejos.
Cuando estuvo ante la puertaprincipal, dudó antes de meter la llave en la cerradura –porque por supuestoque tenía una copia de las llaves- pero, finalmente, entró a la casa.
-¿España? –gritó desde allí.
No obtuvo respuesta, así que echóun vistazo a su alrededor. Había un poco más de desorden desde la última vezque estuvo allí, y eso era extraño, ya que el único que desordenaba la casa deAntonio era él, pero le restó importancia al asunto. Recogió un calendario quehabía tirado en el suelo, el cual tenía tachados todos los días de diciembrehasta el 24. Chasqueó la lengua, fastidiado, y cogió un bolígrafo para tachartodos los que faltaban hasta el día actual, que era 27. Aquel estúpido no sabíani en qué día vivía.
Cuando colgó el calendario en lapared, que era donde debía haber estado en un principio, oyó ruidos en el pisode arriba, así que subió sin más. Se encontró con el español desbaratando suhabitación por completo. Lovino permaneció en el marco de la puerta, bastantesorprendido, ¿qué estaba haciendo? España estaba de cuclillas, rebuscando algoen el interior de su armario. Cuando finalmente se dejó ver, se giró haciaLovino instantáneamente, poniendo una expresión que el italiano no supodescifrar.
-Ah… Lovi…
“¿Ah… Lovi…?” ¿Qué tipo de saludoera ese hacia alguien que no ves en una semana entera?
-Creí que tardarías más en volver–Italia del sur notó como si su cuerpo se helara. ¿Más? ¿MÁS? ¿Estaba hablandoen serio? ¡Una semana! ¡Siete jodidos días! A él le había parecido más quesuficiente pero, al parecer, no era lo mismo para el español.
-Solo estoy aquí por algo queolvidé –respondió sonrojándose, antes de mirar de nuevo detrás de España. Estesiguió su mirada, encontrándose con su maleta abierta y bastantes cosas dentro.
-Ah… mmm… Me voy de viaje.
Lovino enarcó una ceja.
-¿De viaje?
-Sí… Kiku me ha invitado a sucasa –sonrió algo incómodo, desviando la mirada-. Y, bueno, me iba esta tarde.
-¿Hasta cuando?
-¿Perdón?
-¿Cuánto tiempo estarás allá?
-Pues… tal vez unos meses…
-¡Contéstame bien, maldita sea!
-Es que… de verdad que no lo sé.Voy a estar una temporada viajando.
-¿Cuánto tiempo? –repitió elitaliano, denotando impaciencia y amenaza.
-Seguramente… algunos años.
Lovino entreabrió sus labios,totalmente sorprendido. Parpadeó y miró el suelo, tragando saliva. Notaba unnudo en su garganta y no sabía la razón de por qué no desaparecía.
-¿Años…?
-Pero mi casa estará en buenasmanos. Francis me ayudará a tenerlo todo en orden, además, tú estás aquí asíque…
-¿Quién te ha dicho que yo vendréa limpiarte la casa, bastardo?
Antonio calló y le sonrió,volviendo a rebuscar en su armario, agachándose. Pero Lovino no estabacontento, no estaba nada contento. Notaba como su corazón latía cada vez másdeprisa, se sentía un poco desesperado. Pero no tenía nada que ver con que nofuera a ver al español en quién sabe cuánto tiempo… ¡para nada! Simplemente yano habría nadie que le hiciera la comida, ni que plantara sus tomates. Además,esa sonrisa que le acababa de dedicar… no le había parecido nada real. Espera,espera, él no tenía que preocuparse por eso.
Se humedeció los labios, que sele habían secado en un momento, y observó a España mientras hacía su maleta.Iba vestido con una camisa azul y unos pantalones vaqueros que no eranajustados pero que, al agacharse, marcaban todas sus formas… Parpadeósorprendido por lo que estaba pensando y pasó su mirada por la habitación delibérico. Se detuvo en el escritorio. No, definitivamente el recuerdo que teníade aquella mesa era demasiado vergonzoso. Siguió contemplando la estancia,luego venía la cama… ¡Arg! ¿Su mente se burlaba de él?
Enfadado, dio media vuelta ysalió al pasillo.
Suspiró y se deslizó por la pared hasta quedarse sentado en el suelo. ¿Qué le estaba pasando?

lunes, 30 de enero de 2012

Dulce Navidad, Antonio - Capítulo 01

Capítulo 1. 20 de diciembre.

Ya caía noche del 20 dediciembre. Era tan fría que parecía que nevaría pronto, pero eso no impedía quedos naciones mediterráneas caminaran juntas hacia su casa, discutiendo, comosiempre.
-¡Es que eres estúpido, España!No te das cuenta de cuándo se burlan de ti.
-Ah, Lovi, Lovi, no me preocupoporque te tengo a ti para defenderme –sonrió abrazándolo por detrás.
-¡Suéltame! No me trates como alos demás… ¡yo no soy igual, Casanova! ¡Tendrías que tratarme de forma distintaa…!
Antonio lo miró sin saber quédecir, pero no deshizo su sonrisa.
-Arg, quita esa mirada deestúpido, y te he dicho que me sueltes –exclamó apartando su brazo.
Antonio suspiró y metió sus manosenguantadas en los bolsillos, intentando protegerlas del frío. Lovino intentóhacer lo mismo, sin darse cuenta de que había cogido un abrigo sin bolsillos.Chasqueó la lengua, fastidiado. En ese momento, vio un par de guantes ante él.Miró a España, quien le estaba ofreciendo los suyos con una sonrisa.
-No los necesito –dijoorgullosamente.
-Es tu regalo de Navidad–respondió Antonio, sin alterar su expresión.
-Todavía no es Navidad –gruñó él,mirándolo de reojo.
-Es por adelantado. ¿No tegustan?
El italiano resopló y se losarrebató de las manos, antes de ponérselos.
-Me vienen grandes… -murmuró.
España rió en voz baja y lo mirócon cariño, tan intensamente que Lovino tuvo que desviar la mirada, totalmenterojo.
-Tus mejillas están rojas, Lovi.¿Tienes frío?
-¡Estoy bien!
-De acuerdo, de acuerdo~
-Quiero tomates para la cena deNochebuena.
-Por supuesto, transplanté lastomateras dentro de la casa cuando empezó a hacer frío. No quería que sehelaran.
-Bien.
-Ah… la pobre agricultura de mipaís… está algo decaída.
-¿Algo decaída? ¡Pero si lospobres hombres que trabajan en el campo van a tener que pagar por comerse suspropias cosechas! Si sigues así, caerás en crisis económica; deberías gestionarmejor tus cuentas, o acabarás peor que Grecia.
-Ahá.
-Tsk… cuando yo no sea tuyo… nosé dónde estarás, idiota…
Y entonces, España, después demostrarse sorprendido, se puso serio. En su mirada ya no había ni rastro de sustípicas bromas, y esto asustó a Romano, quien dejó de hablar al instante y sacólas llaves sintiendo como le temblaban las manos.
-Bueno, pues yo… entro a casa. Yaarreglaras las cosas con esos idiotas tú solito, bastardo.
Intentó esquivarlo para abrir lapuerta y, justo cuando creía que lo había conseguido, España le sujetófuertemente de la muñeca y lo empujó contra la pared antes de plantarle unbeso. Romano se quedó helado, no sabía bien cómo actuar, ¿de verdad Antonio leestaba besando? ¿A él? Y ahora, ¿qué hacía? ¿Le seguía el juego o le apartaba?De momento, optó por intentar resistirse, pero no le sirvió de mucho, ya queAntonio le sujetó con fuerza y aprovechó el momento de confusión para dar unpaso más e introducir su lengua en la boca del italiano. La recorrió porcompleto, lamiéndole en todas partes, deleitándose con su sabor a especias ytomate, acariciando su propia lengua…
-Se mío ahora… de verdad.
Romano ahogó un gemido alnotarlo, había dejado de resistirse, era completamente inútil –además, elalcohol había menguado sus fuerzas- así que, dejándose llevar, lo abrazó por elcuello profundizando más el beso. Antonio, -más o menos- consciente de la situación,entró a la casa arrastrando consigo a Lovino, y lo condujo hacia las escaleras,mientras le desabotonaba la camisa. En ese corto tiempo, el italiano pareciódarse cuenta de lo que hacían, porque intentó apartar sus ávidos dedos de unmanotazo y salir corriendo, pero Antonio no se lo permitió, lo volvió a atraerhacia sí y le besó de nuevo, mordiendo sus labios, acariciando su espalda. Nopor nada era el país de la pasión, y Lovino lo estaba sintiendo en sus carnes,ya que sus fuerzas habían vuelto a flaquear y gemía tan solo por el contacto.No se resistió cuando España lo alzó en el aire para sujetarlo en brazos, sinoque con sus piernas, rodeo la cintura de Antonio, quien aprovechó para subirlas escaleras y entrar a su dormitorio.
-No sabes el tiempo que he estadoesperando esto… -gruñó España contra sus labios, haciendo que el italianosintiera su respiración en su propia piel.
-Cállate, España, joder…
Antonio sonrió con malicia antesde empujarlo contra el escritorio y caminar deprisa hacia él para que nopudiera pensar ni siquiera sobre huir. Lovino intentó apartarlo, con sus manossobre el pecho del español, pero aquel bastardo era mucho más fuerte. Espera,¿intentaba hacérselo en el escritorio?
-Vamos, Lovino… si no pones másde tu parte en apartarme vas a acabar sobre esta mesa, totalmente desnudo, bajomi cuerpo… –España se relamió intencionadamente para que el italiano lo viera.Lovino se estremeció, apretando los dientes, sabiendo que aquel estúpido loestaba provocando a propósito.
-¡Quítate de encima, stolto!
-¿Con lo que me ha costadotenerte así? Ni lo sueñes, Lovi…
-¡Bastardo! ¡No me llames así!
El español se acercó a su cuelloy lo recorrió con la lengua lentamente, desde los hombros hasta su oído, dondese detuvo a mordisquear el lóbulo de su oreja mientras, con una de sus manos,le desabrochaba el cinturón del pantalón. Y fue entonces cuando Lovino recuperóun poco de su consciencia, y sintió miedo. Le sujetó la mano, evitando queAntonio le quitara los pantalones.
-Detente –le ordenó de pronto,totalmente serio, aunque todavía con la respiración agitada.
España pareció un poco perdidoante la petición de SU italiano.
-¿Qué… qué pasa?
-Que esto… no es lo que yoquiero.
-¿Cómo?
-Oh, venga. ¡Fuiste tú quiendecidió besarme y empezar a desnudarme como si fuera lo que yo siempre habíadeseado! ¡Pues lamento informarte de que no es así, estúpido!
-Tus regiones bajas no opinan lomismo, Italia –exclamó apretando su entrepierna.
Lovino se quedó sin respiracióndurante un instante, pero no podía flaquear ahora… tenía que parar ya a España,o no sería capaz de hacerlo más adelante.
-¡Es una reacción natural…! ¡Dejade apretar!
-Mírame a los ojos y dime que noes esto lo que quieres.
Italia lo miró, con odio, pero elmayor buscaba otra cosa en su mirada.
-¿Quién querría esto contigo?–dijo con el tono más venenoso que podía-. No eres capaz ni de defendertecontra Inglaterra, jamás lo has sido. ¿O debería recordarte tu época de pirataerrante?
-¿A qué viene esto ahora, Lovino?–preguntó Antonio soltándole, con un deje de tristeza en la voz.
-Pues a que no necesito a unapersona –nación- estúpida a mi lado que lo único que sabe hacer es ir defiesta, follar y plantar tomates. Eso estaba bien cuando yo era pequeño pero… bueno, no lo de... tener sexo. ¡Argh! ¡Déjalo! Lo que quiero decir es que he crecido, España. Y te he dicho mil veces que deberías empezar a hacerlo tútambién.
Ya estaba. Le había dado dondemás dolía, estaba seguro, había negado que le quería. Porque no lo hacía,¿verdad? Al fin y al cabo, tan solo había sido su niñera durante todo esetiempo.
-Tienes razón… -murmuró elespañol forzando una sonrisa-. He sido un necio, ¿verdad? –tragó saliva-. Hascambiado mucho desde que te acogí hasta entonces, y siempre me has parecidoadorable… pero hay algo en ti que no ha cambiado nunca.
-¿El qué? –preguntó Lovino, empezandoa arrepentirse de sus palabras al ver a España tan afectado. Pero él solosonrió con melancolía y negó con la cabeza, restándole importancia al asunto.
-Tienes total libertad de irdonde de apetezca ahora, Lovino, ya no estás bajo mi… protección. Puedes irtede mi casa cuando quieras y, además, tampoco te cerraré nunca la entrada. Sinembargo, por hoy, me gustaría que te fueras. Lo siento, sé que es tarde, peropuedes ir a visitar a Francis, su casa está mucho más cerca que la tuya.
Lovino resopló, ¿ahora le daba lavena depresiva? Aquel estúpido era demasiado difícil de comprender. Y encima leaconsejaba que pasara la noche con el francés pervertido.
-Eres un grano en el culo, España–dijo como despedida, antes de largarse del dormitorio dando un portazo.

sábado, 28 de enero de 2012

Ana

-Dulce Navidad, Antonio

Dulce Navidad, Antonio - Ficha

Título: Dulce Navidad, Antonio.

Argumento:
Después de cierto 'malentendido' en Navidad, Antonio decide irse. Es lo mejor. Para él y para Lovino... ¿o no?


Tipo: fanfic corto/varios capítulos (aún no está decidido)
Finalizado: No
Público: Mayores de 18
Temática: Yaoi, romance, drama
Advertencias: Lenguaje violento (tal vez sexo explícito más adelante)
Categoría del fanfic: Anime/Manga - Hetalia
Lista de capítulos: 2

01. 20 de Diciembre
02. 27 de Diciembre
03. 24 de Diciembre
04. 31 de Diciembre

viernes, 27 de enero de 2012

Hola ^^

Pues nada, he aquí una nueva incorporación :)
Me llamo Ana, tengo 20 añitos y me gusta el yaoi como a todas, supongo ^^
Mi OTP es el Espamano (Antonio/Lovino - España/Romano) y eso es algo que no va a cambiar, al menos no por ahora xD aunque también me gusta escribir sobre otras parejas, como algunas de Harry Potter. Soy fan.
Me gustan JYJ y el J-rock. No me quejo del k-pop, pero no es mi estilo de música (demasiado comercial todo), aunque admito que animan bastante.
Tengo cuenta en FF.net, Amor-yaoi y Slasheaven, y todos mis fics están publicados allí también bajo los nicks de seasonsleep y wiintersleep. Muy durmiente todo.
Me gusta el chocolate y soy cineadicta, tanto con las películas como con las series. Además, siempre tiendo a hacer fangirlism y sacar parejitas de donde no las hay, pero yo soy feliz así xD


En cuanto a los fics, me gustan los angustiosos y con finales tristes, pero también adoro los fluffys. Soy bastante flexible respecto a eso, y depende de como me sienta un día escribo de una forma u otra.

Nada más, espero publicar bastantes cositas por aquí y que os gusten ;)
¡Nos leemos!